Paco de Lucía: La búsqueda

Paco de Lucía: La búsqueda es el documental inacabado sobre la vida y obra del guitarrista algecireño. Y digo inacabado porque Paco se nos murió sin rematar los recuerdos, ni los aprendizajes de la vida, que aquí nos contaba desde su casa de Mallorca, o desde los hoteles europeos donde iba reposando lo que al final, quién se lo iba a decir, fue su última gira.

            Paco de Lucía habla de sí mismo con melancolía, con distancia. Dice que le gusta sentirse querido, adulado incluso, como a cualquier hijo de vecino, pero que su satisfacción profesional nunca dependió del juicio ajeno. Paco fue un perfeccionista, un maniático de la exactitud, y eso, según confiesa, le fue amargando la vida poco a poco:
            “Qué más quisiera yo que tener la mitad, ¡un cuarto!, de esa felicidad y ganas de vivir e ilusión que yo tenía cuando era un niño. A partir de que la vida me ha ido bien, del reconocimiento, de que soy famoso en el mundo, que gano dinero, que todo el mundo me llama maestro, soy un amargado. Un amargado porque ya me ha puesto en un nivel en el que, si estoy por debajo, me critican. Entonces, con el carácter mío, del carácter que imprimió mi padre en mí, de eso de la perfección y de estar siempre al nivel que la gente espera de ti, eso no es agradable. Eso es un suplicio”.


            Es una confesión sorprendente, valiente, expresada con un deje de tristeza y hastío que desarma a cualquier espectador. Paco de Lucía tiene un ego chiquitín, huidizo, difícil de alimentar. Mientras otros artistazos se refugian en el aplauso de la crítica o del público, él se derrumbaba en los camerinos, o en los sofás de su casa, decepcionado consigo mismo, incorrecto en aquella nota, desacompasado en aquel acompañamiento, torpe en algún rasgueo que sólo los muy entendidos –los muy entendidos- iban a detectar con las orejas bien abiertas.
                Tampoco cuando componía terminaba en buenas relaciones con las musas:
            “Cuando descubro algo, cuando compongo algo que me gusta, lo grabo, y me paso por lo menos un ratito en el que soy feliz. La palabra feliz está ahí. Al día siguiente, me levanto y digo, ay, vamos a escuchar lo de ayer. Lo escucho y digo: esto no vale nada. ¿Cómo ayer me gustaba esto, que hasta bailé y todo y me vio la muchacha, y de pronto hoy me parezca una mierda? A ver. Qué pasa aquí. A quién haces caso. ¿Quién tiene razón, el de ayer, o el de hoy? Ahí te pierdes”.


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