Multiplicity

Al entrañable Harold Ramis, que se nos murió el año pasado y ya vive con los espectros que él mismo perseguía en Los cazafantasmas, todo el mundo le recuerda por esa comedia genial que es Atrapado en el tiempo, una película que se ha convertido, curiosamente, en un clásico intemporal que jamás nos cansaremos de ver, y de reír, como decía el señor Barragán. Otros recuerdan que fue Harold Ramis, en Una terapia peligrosa, quien tuvo la primera ocurrencia de sentar a un mafioso en el banquillo del psiquiatra, antes de que Tony Soprano pidiera vez en la consulta de la Dra. Melfi para dar inicio a la serie de las series.



            Para mi extrañeza de cinéfilo poco convencional, cuando se habla del añorado Harold nadie se acuerda de Mis dobles, mi mujer y yo, que en inglés lleva el más corto y bonito título de Multiplicity. Debemos de ser muy pocos los que adoramos esta comedia absurda de planteamiento singular. En ella, Michael Keaton, superado por el ritmo frenético de sus jornadas, se fabrica tres clones de sí mismo para atender sus obligaciones cotidianas: el trabajo de contratista, el cuidado de los retoños y las atenciones románticas a su exigente esposa. Mientras sus clones van a la oficina, cocinan el pavo o discuten con la parienta, él se toma unas vacaciones de su propia vida jugando al golf o navegando por la costa del Pacífico. Su dejación de funciones tendrá, obviamente, consecuencias catastróficas, porque sus clones, por muy clones que sean, tienen carácter propio, y deseos personales, y no siempre se coordinan muy bien a la hora de sustituirse.



            Multiplicity es una comedia de estilo clásico, con patochadas de slapstick, confusión de identidades y puertas que se abren y se cierran al modo Lubitsch. No es una película perfecta, porque a veces cae en el humor simplón, y su mensaje matrimonial rezuma catecismo por los cuatro versículos. Pero Michael Keaton está perfecto en sus cuatro papeles, Andie MacDowell rebosa belleza en la flor de su edad, y la idea de clonarse es tan atractiva que uno se pasa la película entera dándole vueltas. Por supuesto que estaría bien disponer de varios yos que aligeraran la fatigosa tarea de vivir. De las versiones más simples de la felicidad no nos separan varios millones en el banco, ni varias rubiazas disponibles donde elegir. A los pobres de espíritu y a los pobres de bolsillo nos bastaría con disponer de dos horas más al día, limpias de polvo y paja como deseaba Bukowski en sus diarios. Sólo con que un clon bajara al supermercado, me hiciera las comidas, me fregara los platos y me barriera el suelo de la cocina, ya tendría yo dos horas extra para ver otra película, o dos nuevas entregas de Borgen, o cuatro nuevos capítulos de Seinfeld. Podría, incluso, poner un clon a escribir este diario, y pasarle mis impresiones de espectador a través de un bluetooth, o de una conexión interneuronal, y ya sólo dedicarme al placer del visionado, sin pensamientos ni escrituras, sólo el nirvana del abandono completo, de la dimisión absoluta. 


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