La señal

A las películas de ciencia-ficción les perdono cosas que en otros géneros no paso por alto, y que luego vengo a denunciar aquí, en las prosas sarcásticas del blog, para que los afines se descojonen y los acérrimos se sulfuren. Yo me crié con ET, con La Guerra de las Galaxias, ¡con Galáctica: Estrella de combate!, que era una serie cutrísima de televisión que nos volvía turulatos a los niños de la época, todos con el dedito así, en el patio del colegio, en el parque del barrio, disparando rayos láser contra los malvados Cylones, muere maldito...  Quedé marcado por estas experiencias, por estos gustos indelebles, y cada vez que veo a un alienígena, o sospecho que alguno anda por las cercanías, porque se atisban o se barruntan los OVNIs sobre las nubes, la película en cuestión ya me tiene ganado, y muy atento a sus aconteceres, aunque uno tenga que escuchar, desde ese reducto de la conciencia donde viven los disidentes, que la película tal vez sea un truño, una chapuza, una cosa que habría cercenado sin piedad de tratarse de un drama romántico, o de una comedia tontaina.



            Embelesado con esta actriz desconocida llamada Olivia Cooke, que en algunos planos parece muy poquita cosa y en otros resplandece con una belleza luminosa, tardo media hora en darme cuenta de que en La señal me han engañado como a un chino. Pero ya es demasiado tarde para cambiar de opinión, a las once de la noche, con todo el pescado del día vendido. Esto no va a ser una joya del género, ni una renovación de los argumentos seculares. La señal es otra película de adolescentes fisgones que se topan con el misterio, con la física imposible, como en Chronicle, o como en Attack the block, aunque aquí no disfrutemos de la brillantez de la primera, ni del salvajismo cachondo de la segunda. Pero hay sorpresa final, eso sí, y como la película es corta, y Olivia reaparece de vez en cuando para sustentar nuestro deseo, resulta que uno se entretiene, y llega la medianoche sin haber pensado en los propios asuntos, que nada tienen de ciencia-ficción, y sí mucho de realidad pedestre e insoslayable.


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