Interstellar (2)

Los que van por ahí rajando de Interstellar dicen que la cosa no se entiende, que la paradoja temporal no se sostiene, que las cinco dimensiones en las que sobrevive el astronauta Cooper tras caer en el agujero negro son un lío matemático del copón que nadie aprendió en el colegio, y que nadie puede aprehender ahora. Y hasta cierto punto tienen razón, los renegados, que hasta un documental han tenido que sacar en el Discovery Channel para explicar las contradicciones cuánticas y los misterios gravitacionales.



             Pero creo, sinceramente, que estas razones no justifican el ataque furibundo, el descojone que algunos han montado en los foros mofándose de las lagunas y los contrasentidos. Nolan tampoco nos explicó el misterio de la máquina clonadora en El truco final, y la película nos pareció fascinante, y algunos admiradores de Origen todavía nos rascamos la cabeza cuando recordamos la puta peonza del comienzo, que gira y gira y seguimos sin saber si servía para entrar en el sueño o para salir de él o para invocar el fantasma onírico de Marion Cotillard.



            A Nolan estas cosas le dan un poco lo mismo. A él le interesa que la historia avance, que la fantasía se desborde, que el espectador, entretenido con los juegos mentales, no se levante a comprar más palomitas si está en el cine, o a tantear el culo de la señora para el rato de después, si está en el sofá de su casa. En Interstellar, él antepone la historia de amor a cualquier cosa, el vínculo paterno-filial que no se rompe por la distancia galáctica, ni por el dislate del tiempo. Y aunque estas tonterías románticas a uno le resbalen por los ojos, Nolan es un artista del supositorio que sin que apenas te des cuenta, con un excipiente maravilloso de naves espaciales y agujeros negros, túneles de gusano y planetas extrasolares, te endilga por el culo la medicina bobalicona del everlasting love, que al final Interstellar parece Ghost pero sin tornos de alfareros, y sí con naves de la NASA de millones de dólares. Cómo será de impecable, la factura técnica, de entretenida, la aventura galáctica, de bellísima, la Jessica Chastain de mis entretelas, que ni a mear me he levantado, en las casi tres horas de metraje. Porque cuando más tedioso se volvía el asunto terrícola del polvo, y más enrevesado se hacía el intríngulis de la relatividad, apareció Jessica Chastain con su perfil de pato, con su cabello fueguino, con su bocaza perfecta de gominola de sandía, para dejarme noqueado de amor y predispuesto a creerme cualquier cosa que ella admitiera y avalara. Incluso lo del segundero en el reloj, tic-tac, tic-tac…


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