Cinefilia

       En este pueblo recóndito del noroeste ibérico vivo rodeado de gente que no comparte mi obsesión por el cine. Algunos me hablan de las películas que vieron en su juventud, de cuando iban a las salas con la novia -que ahora es su feísima y gordérrima mujer- y le metían mano mientras se pegaban atracones de almendras garrapiñadas. Y aunque me juran que esas películas forman parte de su yo sentimental, casi siempre se confunden con los títulos, o se lían con los protagonistas.

      Te hablan, también, de la película que vieron la semana pasada en la tele, de un western, de una de tiros donde los malos morían a pares, pero al rato, cuando tiras del hilo, te das cuenta de que la siguieron a ratos, o dormitando, o que ni siquiera vieron el final, porque tenían que arreglar un grifo, o bajar al bar, o arrancar una lechuga, gentes que además no tienen vídeo, o que si lo tienen no saben programarlo para recuperar más tarde los desenlaces. Gentes que en realidad no viven para el cine: que les gusta, sí, porque el cine le gusta a todo el mundo, pero que encuentran en la vida otros alicientes que yo no soy capaz de descubrir. El cine, para ellos, es una forma más de entretenimiento, no una necesidad.



Cuenta Fernando Trueba en su Diccionario de Cine que Guillermo Cabrera Infante, en una reunión de amigos, escuchó a alguien quejarse de que allí sólo se hablaba de cine, y que dio instrucciones para tachar a ese individuo de la agenda, porque con alguien así “no sólo carecía de interés mantener ninguna relación, sino que además no podía ser una buena persona”. 
          Yo entiendo lo que quería decir el escritor cubano: que en el cine está todo, el mundo, las gentes, las pasiones, los grandes temas, que el cine es el relato depurado de la vida, y que quien es indiferente a su influjo es también indiferente a la vida, como la maleta en un gran viaje, ciega y sorda, insensible y ajena. Lo entiendo, pero ya no sé si lo comparto. La vida no se puede aprender en el cine, de igual modo que Pepe Carvalho no aprendió nada en los libros. El cine es un arte inventado para evadirse de la vida, para deformarla y maquillarla a nuestro gusto, pero no nos cuenta la verdad. No somos más inteligentes por entender la vida a través del cine, sino más bien lo contrario: los cinéfilos quizá seamos unos fracasados en el empeño de vivirla. Los que viven la vida a campo abierto, no necesitan el cine para ser felices. La realidad les basta. Si algo les molesta o les hiere, viajan a otra parcela más amable de la realidad. No necesitan apagar las luces y saltar a otra dimensión a través de la pantalla.  De lo que ellos desprecian y tiran a la basura alegremente, nosotros, los cinéfilos, los expulsados del edén de la vida, nos alimentamos entre las sombras, como gatos en un callejón oscuro.

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