Borgen

Fíjate si serán ordenados los daneses, que los tres poderes del estado -el Primer Ministro, el Parlamento y el Tribunal Supremo-, están alojados en el mismo edificio de oficinas. El Palacio de Christiansborg está construido en un islote de la idílica Copenhague, esa ciudad donde todas las calles están limpias y las bicicletas se deslizan sin peligro por los carriles sin coches. Con esta medida de concentración parcelaria, los gobernantes daneses, que son mucho más civilizados que los nuestros, le ahorran al contribuyente un montón de coronas en mensajería, en desplazamientos, en chóferes que los lleven de aquí para allá para enredar con sus asuntos.



            Como el palacio tiene un nombre muy largo y de muchas consonantes, los daneses lo abrevian llamándolo Borgen, que es como si nosotros dijéramos la Zarzu, o el Congre, apócopes que no suenan tan eufónicos, pero que tienen el matiz despectivo que sí merecerían estas instituciones desprestigiadas. El invento de Borgen, además de ahorrar un dinero a los daneses, les ahorra también un montón de juramentos cuando tienen que cagarse en las más altas instituciones del Estado, y con soltar un solo zurullo ya lo tienen todo solucionado. ¡Me cagüen Borgen!, y el Estado entero ha recibido su fecal merecido. Los daneses tienen muy poco de qué quejarse, y cuando lo hacen, lo solventan en un santiamén. Nosotros, sin embargo, que estamos condenados a quejarnos a todas horas, porque nuestro Estado es fallido y deficiente, tenemos que ir plantando un pino en cada institución, que si mecagüen la Zarzuela, el Parlamento, el Senado, el Tribunal Constitucional, y como todos los edificios están muy alejados entre sí, al final siempre hay alguno que se libra de nuestra mierda, que no alcanza para mancharlos a todos.

Borgen también es el título de esta serie que viene avalada por los seriéfilos más selectos, una intriga sobre la clase política que vive el rifirrafe diario de sus socialdemócratas, sus moderados, sus derechistas que en Dinamarca llaman liberales. De momento sólo he visto el primer episodio, pero entiendo el entusiasmo que Borgen ha despertado en los espectadores más exigentes. El interés mayúsculo que también ha suscitado entre la clase política del mundo civilizado, pues son muchos los dirigentes que han confesado ver Borgen en la intimidad de sus salones, tomando notas, advirtiendo semejanzas satisfactorias o paralelismos incómodos con sus propios tejemanejes. Borgen es una fábula de apariencia muy real, muy verosímil, nada que ver con el desmadre diabólico de House of Cards, que es como ver la enésima entrega de La Profecía, ni con el buenismo santurrón de El ala oeste de la Casa Blanca, que es el sueño imposible y algo tontaina de Aaron Sorkin. En Borgen hay cinismo, dobleces, claroscuros..., políticos corrientes y molientes que se traicionan por un escaño o por una influencia, aunque ellos tengan el porte de los nórdicos, y ellas la belleza mítica de las vikingas. Nadie en este negocio está libre de pecado. Ni siquiera en el paraíso social de los escandinavos.



Por si fuera poco, en Borgen sale una actriz hermosérrima llamada Birgitte Hjort Sørensen que parece la Reina de las Nieves, la Hijísima de los Hielos. Mi amor por ella ha brotado del pecho casi al mismo tiempo que brotaban las florecillas en Invernalia. Con Birgitte voy a vivir un romance muy apasionado que durará diez episodios. Y lo que te rondaré, rubiaza.


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