21 gramos

Una semana después de haber visto y alabado Birdman, había que rescatar alguna película de González Iñárritu, ahora que es el director de moda, el latino de moda. Pero no Biutiful, que era un peñazo, ni Amores perros, que vi hace poco, ni Babel, que no iba a resistir un nuevo visionado. Quedaba, pues, 21 gramos, y el reencuentro con una Naomi Watts bellísima y excelente, o mejor dicho, excelente y bellísima, para que no se enfaden las pocas feministas que se aventuran en este blog, y que luego me acusan de machista cuando yo en realidad soy un misógino. Tan listas para unas cosas, y tan corticas para otras...


            Esta vez no tienen por dónde cogerme, las siempre ofendidas, porque mi recuerdo de 21 gramos era el de un caballero andante, el de un cinéfilo más preocupado por el arte que por el erotismo. Yo recordaba a Naomi Watts como una actriz portentosa, y no como un objeto de deseo, y mira que la amo, a la rubia australiana, que me vuelve loquito con esos labios entreabiertos, con esos mofletes que estaría años navegando con los dedos. Yo nunca vi a una actriz derrumbarse así en un hospital, fingiendo el pasmo y el dolor de la mala noticia con esa naturalidad, con esa dolencia que parece salida de su alma verdadera. Se me había quedado clavada esa expresión de Naomi, y sin embargo, enamorado de ella como estoy, no recordaba que luego, en escenas posteriores donde comparte cama con Sean Penn, nos muestra la belleza lechosa de su cuerpo menudo. Porque a mí, aunque me acusen de superficial, de las actrices que amo verdaderamente se me quedan otras cosas, los ricos matices, los méritos artísticos, las inteligencias preclaras, y no sólo la crudeza desnuda de sus cuerpos bonitos.



            Dicen los poetas y los metafísicos que 21 gramos es el peso exacto del alma, que en el instante mismo de morir todos perdemos esa materia intangible, que no es grasa ni proteína, que no es líquido ni gas, que es un ente ectoplasmático que los dioses nos otorgaron en el momento justo de la concepción. Chorradas, como se ve. 21 gramos, en la realidad pedestre de la vida, sería el peso ideal que uno desearía perder cada día, caminando por los senderos o pedaleando en la bicicleta. Seiscientos gramos al mes, siete kilos al año... No estaría mal, un logro así de la voluntad, del esfuerzo ímprobo del metabolismo. Pero me temo, ay, que esto también es pura metafísica, pura imaginación de un gordo bobalicón.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com