Louie. Liz Holtan

Se llama Liz Holtan, y ha sido enviada por los dioses para recordarme cuán desafortunado fui en la vida, pues ella es la quintaesencia de las muchachas que me volvieron loco en la adolescencia: vecinas del colegio, uniformadas de las monjas, niñas perfectas de la burguesía con pieles blanquísimas, labios de fresa y ademanes de beatas. Y la diadema... Todas llevaban diadema en el cabello, y eso les descubría el cuello, y la forma exacta de sus orejas, que nunca eran puntiagudas ni redondas, que nunca eran excesivas ni diminutas, que siempre eran el óvalo perfecto rematado por el lóbulo del pecado que a mí me trastornaba.


         Liz ha viajado en el tiempo y se ha presentado en un episodio de Louie veinticinco años después, sólo para hacerme sufrir. Busco datos sobre ella en internet y no aparece nada. Sólo un listado de sus cuestionables megaéxitos televisivos, siempre en series de segunda. Ni una fecha de nacimiento, ni un lugar de procedencia, ni un novio al que profesar desde ahora odio eterno... Nada. Ni siquiera en su página personal, que la tiene, y que es ridícula en grado sumo. Pobrecica Liz. Empiezo a sospechar que esta vez no hago literatura si digo que ella es una aparición, no sé si mariana, pero sí, seguro, liziana. Liz me ha puesto la piel de gallina durante veinte minutos. La amo. La amo locamente, al menos hasta mañana, que me despertaré y la habré olvidado. No sé si Liz es la más bella, pero sí la más esperada, la más deseada, pues llevo veinticinco años con su fotografía clavada en mi deseo. 



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