Los hermanos McMullen

En uno de aquellos entrañables bodrios del cine nacional y católico, un personaje de Paco Martínez Soria, que en realidad siempre era el mismo abuelete con boina, se asombraba de cómo cambiaba la gente en treinta o cuarenta años, como queriendo decir que menuda obviedad, que menudo chiste le acababa de salir para regocijo de quienes amaban el humor blanco y sencillo.




          Él no se refería al aspecto exterior de quien una vez tuvo pelo y figura estilizada y ahora peinaba calva y arrastraba barriga, sino al talante que iba modificándose según las experiencias y los aprendizajes. Quien esto escribe, sin embargo, nunca ha creído que las personas cambien gran cosa. Uno, como el caballero don Quijote, se volvió loco con sus lecturas de juventud, que no eran libros de caballerías, sino estudios sobre el determinismo genético, sobre las bases innatas de nuestra conducta, y terminó concluyendo que quien nace así se muere así, y quien nace asá se muere asá, y que la personalidad que traemos de fábrica sólo se disimula, se repinta, se amaestra como la agresividad de los leones enjaulados, pero nunca se diluye ni desaparece.

            Es este carácter irreductible el que determina, por ejemplo, que nos gusten unas películas y no otras, porque hay sentimientos que nos rebotan y otros que nos traspasan, intenciones que nos repelen y otras que nos seducen. Y no es cuestión de educación, ni de cultura, ni de santa paciencia, porque yo llevo décadas cultivando la cinefilia que se enseña en los manuales y sigo sin entender los truños de Dreyer, los simbolismos de Bergman, los rebaños de Kiarostami, los surrealismos de Buñuel, los delirios oníricos de Fellini. Un tipo que se lo pase pipa con la película del otro día, El arca rusa, tiene que ser, inevitablemente, alguien muy distinto a mí, dos personalidades antagónicas que se entenderían muy mal tomando un café y charlando sobre las obras maestras de la cinematografía mundial, o sobre cualquier cosa, porque estoy seguro de que tampoco nos iban a gustar las mismas mujeres, ni las mismas lecturas. Yo jamás podría entenderme con un tipo como Mark Cousins, por ejemplo, que película que alaba película que yo tacho de la lista, como un acto reflejo, como un negativo exacto de nuestra fotografía interior.



            Pero cómo defender, ay, la propia teoría de la inmutabilidad, cuando es uno mismo quien se contradice en los gustos, y ve una película que le encantó hace veinte años y ahora se espanta de ella, como si la hubieran visto dos fulanos que nada guardan en común. Es lo que me ha pasado hoy con Los hermanos McMullen, que a mis veintitrés años me pareció un sugestivo tratado sobre la guerra de los sexos, y sobre la búsqueda quimérica de la media naranja, y que ahora, sin embargo, con dos décadas más en la mochila, y en la barriga, y en el jeto arrugado, me parece una tontería simpática que se queda en la superficie del misterio. ¿Soy yo, que he cambiado, que he madurado, que he evolucionado como un Pokemon para refutación de mi filosofía?  ¿O es que el tipo de entonces no era yo, sino un becario que me sustituía en las salas de cine mientras yo estudiaba las oposiciones y veía los partidos del Madrid? ¿Vivía clonado como Michael Keaton en Multiplicity y ahora he olvidado por completo la experiencia? ¿Era mi clon quien opinaba de las películas y yo quien hacía mías sus recomendaciones? ¿Cuántas fotocopias andantes de mi persona había por el mundo en los tiempos de Los hermanos McMullen?


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