La teoría del todo

Las películas y la vida real se diferencian en dos cosas fundamentales. La primera es que en este lado de la pantalla no hay banda sonora que acompañe nuestras vivencias, salvo que la tragedia nos pille con los auriculares puestos, o que nos toque el gordo con la música del vecino puesta a todo volumen.



       Sucede, además, que la música de nuestra vida, siempre incidental como defendía el Dogma 95, a veces no guarda relación con el acontecimiento vivido, y puede ocurrir que el mundo se nos caiga encima mientras suena el reguetón, o ser elegidos por la mujer más hermosa mientras suena un cuarteto tristísimo de Beethoven. Digo esto porque en La teoría del todo, que es un biopic muy estimable y recomendable, la banda sonora comete el pecado gravísimo de hacerse notar, de ser detectada por nuestros oídos en los nudos trascendentales, y eso, por lo menos a quien esto escribe, le saca de la escena, de la magia del cine, y arruina esos momentos en los que Eddie Redmayne y Felicity Jones se curran sus papeles entregados a la causa.



            A por Felicity, venía yo, precisamente… Porque la otra diferencia que nos separa de la películas es que en el mundo ficticio existe una densidad altísima de mujeres hermosas, un imposible estadístico y demográfico, y muchas veces, en el papel que debería corresponderle a una actriz de hermosura limitada, incluso fea si nos atuviéramos a la esencia del guión, se cuela un bellezón resplandeciente que no concuerda con el desempeño del personaje. Uno ve las fotos de juventud de Jane Hawking, la primera mujer del científico, y descubre en ellas a una chica maja, de rasgos poco llamativos y serenos. Una británica morena de andar por casa, de las que encontraríamos a miles en el metro de Londres. Sin embargo, en La teoría del todo, interpretando su papel de esposa abnegada, se nos ha infiltrado una mujer tan hermosa que a mí me quita el habla y el sueño. En la primera escena de la película, Felicity Jones, que en este blog ya era reina y ahora es emperatriz, entra en un baile de estudiantes y queda prendada, a primera vista, de este tipejo alto y desgarbado, pelirrojo y gafoso, que más parece un lerdo que un universitario, un hermano tonto que alguien se trajo al bailoteo para sacarlo de casa. Ésa es, sin duda, la apariencia de Stephen Hawking incluso antes de enfermar, aunque todos sepamos que bajo esa fachada se esconde la inteligencia inalcanzable, y el agudo sentido del humor. En la vida real esas cosas no pasan: las chicas como Felicity Jones no se enamoran de pardillos así, no al menos a primera vista, no en una selección visual apresurada, porque la biología del emparejamiento, como la física astronómica que reveló el propio Hawking, obedece a leyes inflexibles de la naturaleza. La elección de Felicity Jones me llena de gozo sexual, y reaviva el loco amor que siento por ella, pero en la película no termino de creérmela. Lo suyo es un papelón, un recital, un trabajo deslumbrante, pero por debajo de sus sonrisas, de sus llantos, de sus miradas de gozo o de reproche, yo siempre veo a una mujer que no debería estar ahí. 


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