El Maestro Venerable

“En el monasterio de  Kopan, en el valle de Katmandú, me dijo un Maestro Venerable: si quieres saber hasta qué punto eres feliz y no lo sabes, cómprate una libreta y apunta en ella cada noche cinco pequeños hechos agradables que te hayan sucedido durante el día. Anota sólo las sensaciones placenteras insignificantes, las alegrías ínfimas, no los sueños desmesurados. [...] El Maestro Venerable aseguró que después de un tiempo en esa libreta se habrá formado un tejido básico de actos felices, de sutiles placeres efímeros, muy consistente, que sin darnos cuenta sustenta firmemente toda nuestra vida...”

 Es muy bonito esto que he leído hoy de Manuel Vicent. Una idea así tendría que haber estructurado este diario desde el principio: anotar cinco pequeños hallazgos de cada película, cinco bonitas impresiones, cinco inesperados regalos. Ya que el cine se ha convertido en el único oasis de mis días, desmenuzarlo de esa manera, con algo de poesía. Sin embargo, me he dejado llevar por la vena vitriólica, por el patetismo intimista, por el humor mal traído. Por la crítica sesuda de quien no nació para ser crítico. Por el enredo amoroso con las actrices que finjo amar como un trastornado ¿A quién le importa si tal película me gustó mucho o poco? ¿A quién le interesan los caminos entrecruzados que me llevaron hasta ella? ¿Quién se ríe con mis humoradas sin gracia? ¿A quién pretendo impresionar con esta imitación de la mala literatura? He perdido un tiempo precioso en este diario. De haber conocido antes el consejo del Maestro Venerable, lo hubiera concebido así, como un pequeño recopilatorio de hermosas impresiones, de poderosas imágenes, de inteligentes diálogos. Y nada más.


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