El hombre más buscado

Sé que dentro de unos meses, antes incluso de que termine el año, se me habrán olvidado estos juegos de espías que animaban El hombre más buscado. Y eso que la película te deja el culo atornillado en el sofá, con esa historia de John Le Carré, con ese Hamburgo de la Posguerra Fría, con esa Rachel McAdams que gracias al frío germano luce dos mofletes que dan ganas de comer a besos en un preámbulo eterno del acto sexual. 



        Se me olvidará casi todo, ay, porque son muchas las películas, y muchos los años, aunque en El hombre más buscado también salga, porque últimamente la vemos hasta en la sopa, Robin Wright, y uno desearía comer sopa todos los días si Robin Wright se reflejara en ella, como una ondina de los lagos o de los estanques. Aquí hace de agente de la CIA destinada en Alemania, tan guapa como falsa, tan correcta como ladina, casi un trasunto de su personaje en House of Cards, solo que en esta ocasión, iluminada de un modo extraño y quizás intencionado, sus ojazos brillan como en ninguna otra película, con el fulgor azul de una llama de butano que tiene algo de invernal y de satánico.



            Cuando quiera recordar El hombre más buscado la confundiré con las mil películas de los espías que se acechaban por Centroeuropa. Lo único que perdurará en el recuerdo, porque está perfecto y conmovedor, y aquí nos regala su último personaje, y uno siente contradicciones y dolores cuando lo contempla semanas antes de morir, o de matarse, es Philip Seymour Hoffman. Este tipo movía una ceja o pronunciaba una palabra  y te dejaba helado, o emocionado, según lo que tocara en el momento. Y ese privilegio de la sencillez sólo la alcanzan los grandes actores. Los que no necesitan gritar, ni moverse, ni sobreactuar, porque ellos saben que en la musculatura fina y en el ademán pausado reside el secreto de la convicción, como bien saben los políticos, y los vendedores de crecepelo. Hoffman se nos fue y todavía no hemos caído en la cuenta de lo que perdimos. Lo echamos de menos, pero vamos a echarlo de menos todavía más, cuando veamos una de sus -cuesta decirlo- viejas películas y añoremos el nuevo regalo que nunca llegará.


            He recordado aquel famoso diálogo de Billy Wilder y William Wyler en el entierro de Lubitsch:
Wyler: Se acabó Lubitsch
Wylder: Peor aún, se acabaron las películas de Lubitsch




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