Canciones del segundo piso

Citan, en la revista de cine, una película sueca del año 2000 que al parecer es una obra maestra olvidada. Se titula Canciones del segundo piso, y fue recibida con grandes aplausos y algún premio gordo en el festival de Cannes. A uno, la verdad, le huele mal el asunto, pero las películas desconocidas, cuando te las presentan así, con tanto adjetivo, y en revistas de postín, son una tentación imposible de resistir.


         ¿Y si Canciones del segundo piso fuera ciertamente una gran película que yo, en mi ignorancia, en mi desidia exploradora, he pasado por alto durante años? ¿Y si ahí, en su imágenes, en su guión, en su moraleja filosófica, encontrara yo una revelación que me iluminara las entendederas? ¿No será que mis prejuicios hacia las películas suecas  me está privando de una experiencia que habré de contar aquí con prosas encendidas, para provecho de mis escasos pero escogidísimos lectores?

          Aprovecho la ola de buen humor que me inunda tras la victoria del Real Madrid y doy comienzo a la función. Todavía no he aposentado bien el culo cuando sé, a ciencia cierta, aunque le conceda treinta minutos más de gracia, que Canciones del segundo piso va a ser un error mayúsculo, un esfuerzo intelectual de mucho sudor y mucho fastidio. Porque antes incluso de que surjan las primeras imágenes, aparece, sobre fondo negro, rotulado en blanco, el título original en sueco vernáculo, SANGER FRAN ANDRA VANINGEN, y es justo así como empezaban muchos tostones de Ingmar Bergman que prefiero no recordar, y me entra como un escalofrío, como un mal presagio, y en la primera escena de la película, que ya es una cosa rara que no termino de entender muy bien, se me cae la voluntad de persistir por los suelos. Pasan los minutos y Canciones del segundo piso se vuelve cada vez más surrealista, más incomprensible, con simbolismos que sólo los espectadores suecos, o los familiares del director, sabrán descifrar y explicarnos a los legos.


            Hay compatriotas míos que aseguran, en los foros, en los blogs, en los escritos más inteligentes y lúcidos, que ellos han entendido Canciones del segundo piso de cabo y rabo, y que se trata, aunque no lo parezca, de una radiografía social de la Suecia que entra con temor en el nuevo milenio y bla, bla, bla... Pero yo, que soy tan cortico en estas cosas de los análisis, sólo veo a tipos diciendo tonterías, a multitudes haciendo el indio, a hombres extraños -gordos, calcinados, tarados, maquillados como furcias- que vagan como anormales por las calles de una Suecia apocalíptica. Si usted buscaba una explicación coherente de Canciones del segundo piso, con toda su complejidad de cosa nórdica e ignota, éste no es su blog. Mil perdones. Le anuncio, por si acaso, que en treinta minutos de película no vislumbré a ninguna actriz sueca de rompe y rasga. Lo que ya es el colmo de la rareza, y de la mala intención.

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