Whiplash

Un buen amigo que toca la batería en el mundillo del pop/rock, y que es espectador entendido y habitual en la Seminci de Valladolid, me recomendó, hace unas semanas, con una pasión cinéfila y musical que me empujó directamente a la libreta de anotaciones, esta película titulada Whiplash que por fin he visto hoy. Otra película -y que siga la racha- que llega al mismo tiempo a las salas comerciales que a los ripeos impecables de internet. Gracias mil, sean otorgadas, a estos amigos sudamericanos que tienen hilo directo con los DVDs de los yanquis, o que hackean con más pericia sus servidores inaccesibles, pibes intrépidos que sin embargo, a la hora de escribir los subtítulos, son un tanto parcos y pacatos, edulcorando los chupapollas, los maricones, los tu puta madre, y cosas por el estilo, como alumnos de colegio privado que tradujeran las coprolalias del lumpen estudiantil de los  institutos.


            Andrew, el personaje central de Whiplash, es un alumno de conservatorio que aspira a ser un batería de jazz memorable, recordado por los tiempos de los tiempos. Él chico es talentoso, aplicado, obstinado hasta la obsesión, hasta el desguace mental, como aquel pianista que se volvía loco en Shine para tocar las partituras imposibles de Rachmaninoff, y que luego descubrimos que era una persona real, David Helfgott, un australiano simpaticote al que daba vida Geoffrey Rush en la película. Para conseguir su sueño musical, Andrew, en la flor de la edad de sus diecinueve años, renunciará a los amigos, a las fiestas, a las diversiones que no estén directamente relacionadas con el jazz. Dejará, incluso, por falta de tiempo, en una decisión inaudita y lamentable para quien esto escribe, que se ha quedado boquiabierto y enamorado en un solo fotograma, a la chica preciosa y sencilla que bebe los vientos por él, esta actriz llamada Melissa Benoist que ya es la musa inaugural de este año 2015.


               Con la agenda limpia de amores y de festejos, Andrew sobrepasará con creces las 10.000 horas de práctica que según Malcolm Gladwell son necesarias para que las gentes talentosas, lo mismo en la música que en el deporte, alcancen la maestría y el dominio de su arte. Pero en su camino hacia la cima se topará con un maestro muy duro de roer, un verdadero hueso de las aulas musicales. Mr. Fletcher es como el padre de David Helfgott en Shine, como el sargento instructor de La chaqueta metálica, como la profesora Lydia que al principio de cada episodio de Fama golpeaba el suelo con el palo, ponía cara de vinagre y recitaba aquello de "lo vais a pagar con sudor". Fletcher es un tipo endemoniado que te grita en  la cara, que te escupe barbaridades, que te arroja instrumentos a la cabeza, que te humilla delante de los demás, que te patea el culo cuando te equivocas de nota o de ritmo, pero que luego, en la soledad de los pasillos, en el refugio de su despacho, te coge por los hombros como un padrazo comprensivo y te asegura que todo lo hace por tu bien, para disciplinarte, para que no te duermas, para que saques a la luz todo el talento que llevas dentro. Un esquizofrénico de tres pares de cojones al que sus alumnos no saben si asesinar o si agradecer infinitamente sus desvelos, y su chotadura quizá intencionada. Quién no ha tenido un profesor así, en el BUP, en el COU, en la Universidad, apretándote las clavijas quizá con menos excesos, tal vez con menos gritos, pero llegando hasta el fondo del orgullo con su punzón afiladísimo. Mr. Fletcher es el fantasma de nuestras escolaridades pasadas, de nuestras pesadillas con los libros, con los Rotrings, con los potros de saltar en el gimnasio. Un hijo de puta que con el tiempo se ha ido volviendo casi entrañable, ahora que nos hemos hecho medio adultos y medio eficientes, y que hemos prosperado gracias a la disciplina que ellos nos inculcaron, aunque entonces, en nuestra ignorancia, en nuestra rebeldía estudiantil, los odiáramos llenos de rabia, y los dibujáramos en los cuadernos dándose por el culo en la Sala de Profesores con sus compañeros del claustro. Qué jartadas a reír, que nos echábamos…



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