Turistas en mi playa VI

Uno de los pornógrafos que han caído en la órbita de mi planeta ha tecleado tiffani amber thiessen y sus curvas en el buscador de guarrerías, y yo, olvidadizo incluso en el tema de mis grandes amores, he tenido que reteclear los términos para recordar que Tiffani era la mujeraza que lucía escote y sujetador en Hollywood ending, la película de Woody AllenUn año y medio después de aquella sexualísima aparición, ya tenía olvidado el nombre de tan hermosa damisela, que en su momento refulgió en mi cielo con el brillo de cien supernovas. Aunque tengo propósito de enmienda, y recito mis pecados en el confesionario de este blog, no tengo perdón posible en el cielo de los cinéfilos. Yo recordaba su belleza, pero no su nombre, Tiffani, que es como de joya selecta, como de americana muy chic de los montes Apalaches. Recordaba su cuerpo explosivo, pero no su alma de actriz, de mujer, de ser humano. Algunos dirán que soy un cerdo machista, pero la culpa es de Max, mi antropoide interior, que cuando me echo a dormir se pone a jugar en el desván de mi memoria, y me rompe los cuadernos, y me descabala los recuerdos.



            Otro gorrino del ciberespacio, esta vez con afinidades fetichistas, ha descendido sobre mi pequeña luna de Yavin  para buscar  fotos pies synnove macody. Y yo, que no recordaba haber escrito nunca sobre pies, pues son asunto que nunca me ha puesto ni medio palote, con esa cerdería de las uñas y los olores que a otros les sube la bilirrubina, he tenido que rebuscar a Synnove para descubrir que la tal mujeraza no se llama así, sino Synnøve, con esa ø  de los nórdicos atravesada por una recta secante que es el símbolo exacto de mi corazón mediterráneo traspasado por la flecha del amor, pues Synnøve, a la que rememoro nada más verla en las Imágenes de Google, es una vikinga de rubio inconcebible y ojos azules como las aguas del mar Báltico que hacía de heroína sexual en Headhunters, aquella película de los delincuentes noruegos que por supuesto, en esta disfunción generalizada de mis neuronas, he olvidado por completo.



            Finalmente, para rematar el trío de bellezas que los pornógrafos buscaban estos días por mi huerto, tengo que consignar a varios salidorros que en sugestiva coincidencia anhelaban a aida folch desnuda. Del desnudo de Aida Folch se hizo aquí, en la entrada de El artista y la modelo, una alabanza algo triste y desolada, pues aunque uno se quedó prendado de su belleza morena, que ya quisiera uno para sí en el mundo de las mujeres reales, la comparaba sin querer con aquel otro desnudo de Emmanuelle Béart en La bella mentirosa, que también era artístico y sostenido, pero que además era en colorines, y menos sesgado, y encima de mujer bellísima y francesa, y el recuerdo de Emmanuelle Béart se solapaba con la visión algo más descafeinada de Aida Folch, y yo, la verdad, qué quieren que les diga, en cuestiones de sexo y de amor siempre he preferido lo francés. Llámenme gabacho si quieren, afrancesado si quieren expresarse con propiedad, pero a mí, las mujeres transpirenaicas, por el mero hecho de serlo, por muy feas que resalten a primera vista, ya me tienen ganado en el primer asalto. Me las imagino en la cama susurrándome al oído cualquier cosa, aunque sea la lista de la compra, o la Carta de San Pablo a los Colosenses, y ya me derrito del gustito.



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