Olive Kitteridge

Del paso del tiempo y de la decadencia insobornable trata esta nueva joya de la HBO que es Olive Kitteridge. Hacía semanas que llegaban, del otro lado del Atlántico, delicados piropos hacia esta serie, miniserie más bien, ahora que los showrunners han comprendido que los espectadores estamos hartos de ver historias convertidas en culebrones, en congas interminables. No le sobra, a Olive Kitteridge, ninguno de esos adjetivos que la acompañaron en su viaje hacia Europa. Son cuatro episodios que siguen a una maestra de escuela, ácida y refunfuñante, en su lento caminar por la cuesta abajo de la edad, de los afectos, de la ilusión de levantarse cada mañana. Una serie que relatando amarguras y depresiones, conflictos y muertes, consigue, contradictoriamente, arteramente, como trabajando la psicología inversa en nuestros cerebros, insuflarte un apego renovado por la vida. Una mirada más luminosa sobre el mundo y sobre sus gentes, aunque hoy sea 1 de enero, y la humanidad esté mucho más gilipollas de lo habitual, y el 2015 huela a la misma chamusquina de sus antepasados anuales ya enterrados, unos hijos de puta, casi todos. 


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