El extraordinario viaje de T. S. Spivet

            La última película de Jean-Pierre Jeunet, otrora genio creador de Amélie, y ahora director errabundo de sus ocurrencias, es El extraordinario viaje de T.S. Spivet. Spivet es un niño prodigio que ha crecido en Montana, en un rancho apartado de la civilización, y que construye, al estilo de Bill Gates, con cuatro imanes y dos piezas de metal que le sobraban a su padre, una máquina quimérica de movimiento perpetuo. Gracias a su invento, el chaval es galardonado por el Instituto Smithsonian, y es invitado a recoger el premio en Whasington DC. Spivet, que lleva estos asuntos en secreto, decide emprender viaje sin decírselo a su madre, que es una entomóloga entregada a los insectos, ni a su padre, un viejo vaquero que vive amargado por los tiempos modernos como Cable Hogue, ni a su hermana, una tonta de remate que sueña con ser la primera montanesa que gane el concurso de Miss América. Spivet tampoco le podrá confesar sus planes al hermano mellizo ya fallecido, un chico bonachón y algo cortico que lo acompañará, en holograma ilusorio -ahora que sólo me topo con películas así-, por su largo viaje de polizón en los ferrocarriles. (Es ahora, al documentarme para escribir estas líneas, cuando descubro que los bellísimos paisajes que contemplaba Spivet desde su tren no eran estadounidenses, sino canadienses, de la provincia de Alberta para ser más exactos, porque han sido ellos, los nor-norteamericanos, los mecenas que han financiado la película. Y yo, que ya estaba preparando un canto a la geografía de los yanquis, un acercamiento poético a los dueños del imperio, a ver si expandía mi número de lectores por sus villorrios de los rascacielos, me ahorro el supremo esfuerzo entre aliviado y algo apenado).





            La película dura una y hora media larga, pero el viaje en sí, el extraordinario viaje del título, apenas ocupa media hora. Y es una pena, la verdad, porque uno se quedaba embobado con las montañas, los ríos, los bosques de coníferas.  Con las extensiones agrarias donde la vista apenas distingue un relieve digno de reseñar, muy parecidas a las estepas palentinas del sur de la provincia, mares de cereal donde a uno le entra el canguelo de la soledad y el alivio de la misantropía. Cuando el viaje de Spivet termina, y nos restregamos los ojos después de contemplar tanta maravilla, aún queda media hora de trama tonta y de lágrimas facilonas. Cuando Spivet no viaja, la película es una historia impropia del Jean-Pierre Jeunet que hace veinte años, en Delicatessen, nos arrancó la carcajada con aquella historia del carnicero caníbal y su potencial rebaño de vecinos. Recuerdo que vi la película con mi novia de entonces, y que ella salió del cine pálida, escandalizada, buscando en mi rostro una comunión de los sentimientos, y que se quedó de piedra, y desapegada para siempre de mi alma, cuando me descubrió eufórico, dicharachero, con la sonrisa malvada todavía estirándome los labios. ¡Cojonuda, la película!, exclamaba yo por las calles de León, mientras mi novia, desconsolada, incrédula de ver a un caballero marista celebrando el humor negrísimo de Jeunet, iba redactando para sus adentros un definitivo tenemos que hablar. Qué será de aquella chica; qué será de aquel Jeunet.


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