Drácula

En esta noche de frío y niebla, en este winter is coming de la Invernalia perdida del noroeste, he recobrado, muy propiamente, como llevado por una congruencia del clima y del paisaje, el Drácula de Francis Ford Coppola. Porque El Bierzo, cuando queda entre tinieblas, y apenas se atisban las altas montañas que lo rodean, tiene algo de Transilvania ibérica, de tierra sombría de antiguas leyendas, tan cerca que estamos de las meigas gallegas y de las Santas Compañas. Aquí los vampiros no te chupan la sangre, pero sí los dineros cada vez que pides la ración de pulpo, o el trozo de empanada, que es un modo más alegre y nutritivo de ir robándote la vida en cada mordisco.



            Drácula, como Orígenes, también habla de la reencarnación de los espíritus, del renacimiento de las personas a lo largo de los siglos. El alma que anida en Mina Harker es la misma que prestaba vida a Elisabeta de Valaquia, la mujer de Vlad. El conde Drácula, de paseo por Londres, descubrirá, en un vuelco de su corazón sin latidos, a la misma mujer que tanto amó en su vida de vivo, ahora recauchutada en bella damisela de la Inglaterra victoriana. Y uno, que no cree en estas cosas, y que en Orígenes se enfadó mucho con su responsable por jugar al engaño con los espectadores ateos, aquí, sin embargo, puesto que de un cuento decimonónico se trata, queda arrebatado en el sofá con la bonita historia de los amantes que se reencuentran. Sucede, además, que estos lances románticos vienen acompañados por una música estremecedora que convierte la cursilada de “he cruzado océanos de tiempo para encontrarte” en una frase que me eriza el vello y me pone de un romántico muy tontorrón. Embriagado por la hermosura intemporal de Winona Ryder, y por la insidia musical de esas notas susurradas por los diablillos, casi llego a creer en la predestinación de las almas, en la comunión inevitable de los amantes que verdaderamente se aman. Una gilipollez, por supuesto, cuando por fin termina la película y recobro la razón, porque yo amo locamente a Natalie Portman, que es mi media naranja, mi ausencia siamesa, mi complemento vital, y Natalie, sin embargo, nada sabe de mí allá en California, a no ser que algún allegado encuentre estos textos perdidos y se los traduzca en la bonita lengua de su lengua. De no ser así –y se me va terminando el tiempo, y la lozanía, y la paciencia- nuestro encuentro no será posible en esta existencia, y siguiendo la lógica que escribiera Bram Stoker, eso significa que en realidad no hemos coincidido nunca, en ningún pasado florido y gozoso de la Edad Media, ni del amanecer de Sumeria, y que mi alma está muy confundida, y muy errabunda, en estos asuntos del corazón.


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