Bird

En la película Whiplash mencionan dos veces una anécdota de juventud de Charlie Parker, cuando éste hacía sus pinitos en el jazz y un compañero de banda le arrojó un platillo a la cabeza para que dejara de confundir las melodías. Mr. Fletcher, el profesor hueso de Whiplash, cuenta esta historia para demostrar a sus alumnos que incluso los grandes músicos se equivocaron alguna vez en sus inicios, a veces de manera lamentable, y que lejos de rendirse y de abandonar la ambición de ser los mejores, perseveraron en el aprendizaje hasta pulir los defectos de la técnica o de la voluntad.




   Esta anécdota, apócrifa o no, aparece como un momento crucial de la vida de Charlie Parker en Bird, la película de Clint Eastwood. Tenía muchas ganas de volver a Bird, que hace veinte años me dejó indiferente y pesaroso, marginado de la corriente oficial y entusiasta de la cinefilia. Donde todo el mundo vio una obra maestra del cine contemporáneo, yo sólo encontré una película correcta, con sus momenticos estelares y sus largos ratos de argumento plomizo. Ni siquiera la música de Charlie Parker fue capaz de sacarme del marasmo, porque en aquel entonces mis gustos musicales eran más bien básicos y lamentables, anclado aún en la adolescencia de los 40 Principales, y el jazz era una música que me seguía sonando a chinos, a dislate, a baile de San Vito que forzaba a sus intérpretes a pulsar teclas y cuerdas al azar. La simpleza de mi cerebro se perdía en esos rumbos inesperados, en esos ritmos extraños, en esos retruécanos que a veces tardaban siglos en regresar a la línea melódica principal. Veinte años después, sin formación musical alguna, el jazz sigue siendo un misterio irresuelto en la enciclopedia de mis meninges, pero ahora al menos lo escucho complacido mientras escribo estas cosas tontas en el diario. Hay cosas que pueden disfrutarse sin entenderlas del todo, como este televisor que me da la vida cada noche, como este ordenador en el que desfogo mis ínfulas literarias, como esa belleza extraña de algunas mujeres que sin embargo te dejan paralizado y sin aliento. Es más: la ignorancia, a veces, añade un misterio, una mística, una seducción añadida a lo que nuestros sentidos disfrutan pero no saben desvelar.



            Si Bukowski escribía con música clásica sintonizada en la radio, uno, en su humildad de escritor provinciano, escribe con la música clásica o de jazz que almacena en las carpetas ordenadas del iTunes. Ahora mismo, por ejemplo, mientras maldigo esta torpeza mía de juntaletras, suenan en mis auriculares las notas de Stan Getz al saxofón, fusionando el jazz con la bossa nova de Joao Gilberto, en estos discos que habré escuchado ya cien veces en las tardes de soledad y en las noches de recogimiento. Hoy he regresado a Bird llevado por la cita de Mr. Fletcher en Whiplash, y llevado, también, por una curiosidad creciente hacia este estilo musical. Bird sigue siendo una película demasiado larga, curiosamente muy poco musical, que a ratos te seduce y a ratos te hace pensar en la agenda deportiva de mañana, cuadrando horarios y partidos en la cuadrícula simbólica del aire. El saxofón de Charlie Parker, en cambio, ha resonado en mis oídos con otro brío, con otra enjundia, a pesar de no entender los rudimentos que distinguen al swing del bebop, conflicto artístico y principal de la película. Pero mis pies danzaban, los dedos tamborileaban, el cuello oscilaba a derecha y a izquierda, y el ratico musical me ha sentado en el cuerpo como una sopita caliente en el crudo invierno del aburrimiento. 


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