Adiós, pequeña, adiós

Patrick Kenzie es un detective privado que se mueve por los bajos fondos de Boston presumiendo de ser un hombre con principios. Es el único agente de la ley que no se ríe cuando alguien, en el pub, en la comisaría, en la vigilancia aburridísima de un sospechoso, cuenta el famoso chiste de Groucho Marx,  "estos son mis principios, pero si no le gustan, aquí tengo otros". Los policías con los que colabora son hombres de ética flexible que se van acomodando a las circunstancias: si hay que falsificar una prueba para enchironar al culpable, se falsifica; si hay que hacer una escucha ilegal, se hace; si hay que mentir, se miente. Si hay que cagarse en el código deontológico del Cuerpo de Policía, uno se baja los pantalones y defeca alegremente sobre el documento. Y ya habrá tiempo de limpiarlo después, cuando el caso esté resuelto. Ellos están en guerra contra el crimen callejero, y la única regla que les conduce es que, en la guerra, vale todo. Pero Patrick, aunque fornica con su novia sin estar casado, y de vez en cuando suelta tacos muy gruesos que harían llorar a la Virgen María, es un hombre de convicciones católicas que no tolera según qué desmanes. Temeroso del castigo divino, que él imagina suspendido sobre su cabeza como el Ojo en el Triángulo o como el rayo de Zeus, a Patrick le interesan más los medios que los fines, más las éticas que los resultados. Él no limpia las calles de Boston para mejorar la vida en este valle de lágrimas: él busca una meta más alta, nada más y nada menos que la salvación eterna, y para alcanzar este premio gordo no valen las chapuzas ni los atajos morales. Sólo el camino recto conduce a la derecha de Dios Padre; los caminos secundarios y retorcidos, aunque transcurran por paisajes más bellos, siempre desembocan en el infierno del dolor, o en el limbo de la insustancialidad.



En Adiós, pequeña, adiós, que es una película que plantea dilemas morales con muchas aristas y muchos recovecos, hay gentes de buen corazón que pagan las consecuencias de enfrentarse a este tipo monolítico, que no duda en favorecer a los malvados si ello le cuadra mejor en su ética incorruptible. Patrick Kenzie, con su altura moral, es tan inofensivo para el crimen como una niña con piruleta. Estos tipos a los que San Pedro contempla con complacencia desde su nube, aquí abajo, en el fango de los asuntos humanos, son gentes que nadie quiere al lado cuando la cosa se pone fea, cuando hay que tomar decisiones oscuras para asaltar la trinchera del contrario. En esas situaciones ellos se rascan la cabeza, acuden a los mandamientos, y después de santiguarse varias veces entorpecen la tarea o directamente la torpedean. A ellos, en el fondo, les importa un rábano este mundo de los mortales. Que se joda la carne, como diría Andrea Fabra. Cuanto peor, mejor. El sufrimiento de los sentidos será el gozo mayúsculo del espíritu. Al fin y al cabo, dentro de cien años, todos calvos. Y ellos en el Cielo, tan ricamente, en el sofá con vistas a la Tierra, riéndose de los cínicos que se partían el culo con Groucho Marx, y que ahora viven en la sala de calderas, acarreando carbón para que los justos vivan calentitos por toda la eternidad.



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