Cruce de destinos

Cruce de destinos es el intento fallido de Ricky Gervais y Stephen Merchant por demostrar que también pueden hacer películas serias. Ellos, que son dos humoristas geniales, dos santos con altar propio en este blog dedicado a predicar el evangelio, se nos han puesto muy ñoños, muy blanditos, con una historia que no resiste media hora en el sofá sin que nazca la tentación de darle al stop. En este resbalón fílmico, tres chavales crecidos en el proletariado británico se abren como polluelos a la vida, al amor, a las primeras esclavitudes del trabajo. Así contada parece una película de Ken Loach, con sus izquierdistas y sus juventudes rebeldes afiliándose al sindicato laborista,  pero estamos en otra aventura, en otra dimensión de la realidad. Cruce de destinos es más bien un british western que hubiese firmado Sergio Leone: “El responsable, el pendenciero, y el tonto del culo”. Un trío de muchachos que en estas películas de la juventud rebelde ya se han convertido en tópico, en recurso facilón, como los threesomes de las páginas pornográficas. El chico que filosofa, el que pega las hostias, y el que cuenta los chistes de coños y pollas. Los diálogos son sonrojantes, los colores pastelosos, la música para asesinar a quien decidió subrayar con ella los sentimientos. Cruce de destinos sería una TV movie de Antena 3 si no fuera porque de vez en cuando, para bajar un poco las importancias, Gervais y Merchant introducen momentos de humor que rompen la gazmoñería. Pero es un humor zafio, impropio de ellos, como inspirados en el Supersalidos de Greg Mottola, pero sin actores como Jonah Hill ni Michael Cera dándose la réplica. Ni descubrimientos como McLovin, comprándose los whiskies.



            Gervais y Merchant no necesitaban esta demostración de tonta madurez.  Ellos ya son dos tíos trascendentes cuando perpetran su humor, tan cínico y mordaz. La misantropía que destilan no está recomendada para menores de edad, ni para estúpidos del culo.  Alguien muy sabio dijo una vez que los grandes filósofos del siglo XXI iban a ser los humoristas. Tipos sagaces, muy inteligentes, que en siglos pasados hubieran escrito grandes tochos de filosofía, pero que ahora, en la época de lo inmediato, iban a diseccionar al homo sapiens delante de un micrófono, o subidos a un escenario, o rodando jolgorios para la televisión. Gervais y Merchant, en sus santas comedias de antaño, dejaron muy claro que ellos pertenecen a ese grupo selecto de sabios. En The Office, en Extras, en Life’s too short, riéndose del mundo y de sus gentes. Porque los asuntos humanos, ciertamente, iluminados con inteligencia, son cosa de mucha risa, y de no tomarse demasiado en serio. Estaban más cerca de la verdad cuando no se enfangaban con películas respetables.




            De Cruce de destinos nos quedará, eso sí, la belleza insoportable, de puro guapa y de puro imposible, de Felicity Jones, de la que un amigo, que pronto dejará de serlo, afirma que no es nada del otro mundo, una simple “cuqui” sin aditamentos. Un ciego, y un malvado, sin duda alguna.


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