Crazy, Stupid, Love (2ª visión)

En cualquier momento del año, si escucho "25 de diciembre", se me escapa el pum, pum, pum del maldito villancico, tan machacón en los hilos musicales como en el estribillo simplón que lo estructura. Pum, pum, pum..., como martillazos que los herreros celestiales nos arrean por Navidad, a los incrédulos, y a los ateos. Hay que ser sufridos, no hay otro remedio, porque en estas fechas entrañables uno se vuelve extranjero, prisionero de un paréntesis que pertenece a la mayoría social de los cristianos, y de los hipócritas del espíritu. Pronto llegará el calor, y la playa, y el exhibicionismo epidérmico de la juventud, y ante sus cuerpos de mentira claudicarán incluso los creyentes más recalcitrantes. Esos mismos que ahora predican el nacimiento virginal de Jesús, luego, en verano, se tragan sus propios mandamientos para refocilar la vista y abjurar del amor de sus arrugadas esposas, o de sus pesadísimas novietas. Como cualquier Fausto de pacotilla, venderían su alma, ahora tan navideña, por el simple beso de una de esas beldades que se torran el torso, y a veces, incluso, en las playas más permisivas, las tetas. El espíritu de la Navidad, como todos sabemos, es un sentimiento muy pasajero, con vida de mosca o de mariposa, que sólo dura lo que dura el invierno, cuando las mujeres caminan tapadas y las erecciones masculinas pueden disimularse bajo el abrigo. Cuando la tentación carnal -verdadero demonio de cualquier religión seria- se toma un respiro y se convierte en asunto manejable que no sale de la alcoba.




            Si la película del otro día era Gente en sitios, y su título ya era un tratado de filosofía resumido en tres palabras certeras, hoy le toca el turno a Crazy, Stupid, Love, otro título magistral, y triverbal, que resume, con la ayuda de dos comas muy bien puestas, la mística estúpida y loca del amor. Porque qué ridículo, si uno lo piensa bien, es el amor, y no sólo el apareamiento en sí, que visto desde arriba, desde el techo, como en una experiencia extracorpórea de los hospitales, es una práctica torpe y sucia que valdría para un National Geographic de segunda fila. Qué distinto es lo que malhacemos, y lo que pocopracticamos, comparado con el cine porno que nos inspira, verdadera proeza de gimnastas rumanas y colosos centroeuropeos. Cómo nos seduce, pero cómo nos engaña, este género maldito que en el diario tengo prohibido, como un cura que redactara sus memorias de santidad. Pero qué ridículo es también, decía,  el amor en sus preámbulos. Qué estúpido y qué loco es este instinto reproductor que escapa a nuestra razón, a nuestro dominio,  que nos obliga a pisar discotecas, a redactar poesías, a dibujar corazones, a masturbarnos como macacos en la tensa espera del sí. A regresar a las discotecas, esta vez de maduritos con revivals ochenteros, cuando uno comprende que la carne fresca es demasiado exclusiva, y se conforma con la mojama bailonga que lleva el precio rebajado. Qué bonito, pero qué tonto, el amor de los noveles; qué necesario, pero qué chusco, el amor de los adultos. Qué gran majadería el sentimiento que nos trajo al mundo, al escribiente y a los lectores. Qué gran película es Crazy, Stupid, Love, que describe todo esto en un batiburrillo hormonal de amores agridulces. Y qué hermosa es, o dioses de la castidad, Emma Stone, esta pelirroja de la sonrisa pura que la Navidad, con su espíritu roñoso y sus zambombas horrísonas, nos tiene prohibido desear.


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