Al filo del mañana

¿Y si Bill Murray no despertará todas las mañanas en Punxsutawney, en el Día de la Marmota, sino en Francia, en las playas de Calais, dirigiendo el ataque de las Fuerzas Humanas contra los alienígenas que se han apoderado de Europa? ¿Y si cada vez que los bichos lo matan en la playa, nuestro héroe, con el careto y el cuerpo desnatado de Tom Cruise, volviera a despertar en la misma mañana conservando los recuerdos y las habilidades aprendidas? Este es el punto de partida de Al filo del mañana, la nueva película de hostiazos de Tom Cruise, que le ha cogido el tranquillo a la taquilla y saca una entrega anual de sus trepidantes aventuras, como hace Woody Allen con sus correrías amatorias por Manhattan, o por la vieja Europa. 




            Los jueves por la noche uno nota que se adormece antes de tiempo, que no llega fresco a las diez de la noche, que el cuerpo, dejado a su arbitrio, se metería en la cama y dormiría las diez horas seguidas que mi voluntad le deniega. Hay que poner, pues, una película sin filosofías, sin enjundias, una baratija de colorines que me deje embobado, que mantenga entretenido al sueño como si fuera un niño tontuelo de tres años. Las películas como Al filo del mañana son películas de jueves, con sus batallas, sus persecuciones, sus tiroteos del armamento delirante. Y la cosa funciona, la verdad, aunque Al filo del mañana, así presentada, como un remake futurista de Salvar al soldado Ryan, le predisponga a uno a la pereza, a la sensación deprimente de déjà vu. Será después, al venir a este ordenador, cuando uno descubra que su guionista titular, Christopher McQuarrie, es el mismo tipo que hace dos décadas nos regaló Sospechosos habituales, y eso explica, en gran parte, que los piñazos de Tom Cruise no caigan en saco roto, y que sostengan una trama que al menos es coherente y entretenida. Uno, que se había tumbado en el sofá con complejo de culpa, con sensación de traición a la cinefilia seria y cultivada, se siente reconfortado gracias a la pericia argumental de este buen hombre, que ha convertido en digno lo que iba camino de ser otro blockbuster descerebrado. Alabado sea. 



            Al filo del mañana estaba grabada en el disco duro para verla algún día con el hijo único, el antiguo Pitufo de estos escritos. Pero Pitufo está en proceso de metamorfosis, y se parece cada vez más al archienemigo Gargamel, no en lo malvado, pero sí en lo estirado, en lo anacorético, siempre refugiado en sus dominios del bosque, con su música, con su móvil, refractario a cualquier película que proponga su padre. Es ley de vida, y dictadura de las hormonas, y no hay nada que se pueda hacer al respecto. Sólo esperar, y refugiarse uno en sus propias cosas. Él se lo ha perdido: la trama, que era notable, y el videojuego, que se apoderaba de la estética. Y por supuesto, a Emily Blunt, que aquí ejerce de heroína militar, verdadera Juana de Arco de los ejércitos terrícolas. 
            Yo amo mucho a esta mujer, una de las más hermosas en el Lejano País de las Anglosajonas. Cada vez que sonríe en pantalla yo me desarmo en el sofá como un Mr. Potato gordinflón. No se me cae el bigote, porque no lo tengo, pero sí esta barba desastrada de cuatro días, pelo por pelo, que luego tardo la hostia de tiempo en recolocar, mientras la sigo amando, y la maldigo por dentro. Por el rostro de Emily Blunt conquistaría uno los imperios, y escalaría las montañas a lomos de elefante. Si algún día nos lloviera del cielo una invasión verdadera, de lagartos como los de V, o de arañas tentaculadas como éstas de la película, bastaría con enviarla a ella, como embajadora de la paz, para desintegrarlos con su sonrisa. Porque es tan hermosa, y tan deslumbrante, que deja ciego a cualquiera, y funde las entrañas de cualquiera que la mire, por muy de lejos que vengan los bichos, o por muy de silicio que estén fabricados. 


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