Por un puñado de dólares

Después de haberme metido un poquitín con El bueno, el feo y el malo, me llueven los palos de los aficionados al spaguetti western. Mira que he escrito barbaridades en este blog sobre Dreyer, sobre Kiarostami, sobre Leos Carax, pero ningún cinéfilo de alta escuela me ha recriminado nunca el pésimo gusto, el análisis superficial de tanta obra maestra maltratada. La mayoría de ellos no me leen, porque bucean en otros blogs más profundos y sesudos, donde coges una película húngara del año cincuenta y puedes tirarte un rollo de cuatro folios hablando del contexto histórico, del metalenguaje magiar, de la estructura helicoidal de la narrativa, de la psicología inconfundiblemente jungiana de ese personaje que camina en silencio por las calles de Budapest. Los cinéfilos de verdad, cuando caen por aquí, lo hacen por error, por curiosidad, porque tienen un amigo que les dijo que probaran, y cuando me leen les entra como una risa floja, como una vergüenza ajena, y ante tamañas herejías deciden callar, no mancharse, no bajar a este lodazal donde yo escribo con las tripas, sin argumentos ni perspectivas. Son tipos muy educados, muy respetuosos, que podrían dejarte en ridículo con un simple comentario didáctico, pero deciden dejarte a tu aire, y ahorrarse la explicación existencial, telúrica, cuasi religiosa, de ese monte en mitad del desierto al que Kiarostami dedicó dos minutos de plano sostenido y vigoroso.



            El colectivo de los aficionados al western, en cambio, no ha esperado ni un solo día para empezar a dispararme con sus Colts del 45. Yo paseaba tranquilamente por la calle principal y de pronto, por un quítame allá esas pajas, me he visto huyendo de la tremenda balacera. Menos mal que he encontrado refugio en el saloon, y que los borrachuzos del whisky no me han visto subir las escaleras del primer piso, donde me han acogido las tres putas de rigor: la morena, la rubia y la que lleva una cicatriz en la cara por negarse a hacer una mamada. En sus doctas manos he encomendado mi espíritu. Escribo estas líneas escondido debajo de una cama, a la espera de que los espaguéticos den conmigo y me reten a duelo cuando llegue el amanecer. Yo trataré de explicarles, de matizarles mis argumentos, pero temo que no van escucharme. Ellos prefieren resolverlo todo por la tremenda, a tiro limpio, sin escuchar al forastero que iba camino de San Antonio, a repararse las alforjas. Yo nunca dije que El bueno, el feo y el malo fuera una mala película, sino que me parecía una parodia, una cuchipanda. Una película de humor, y no un clásico venerable del género. No creo haber cometido ningún pecado mortal, ningún acto delictivo contra el Estado Confederado. Pero aquí, en este pueblo de la Almería tejana,  hace tiempo que los espaguéticos convirtieron al sheriff en comida para los pollos. Si gracias a mis bellas guardianas consigo salir vivo de la encerrona, ellos clavaran un WANTED con mi rostro mal afeitado en la puerta del saloon, para que nadie olvide nunca mi jeta. Estoy condenado para los restos.



Pero por eso mismo, porque nunca habrá perdón de los fanáticos, soy libre de volver a expresarme. Por un puñado de dólares, que es el western fundacional de Sergio Leone, ni siquiera es una película de humor: ya es, directamente, una película surrealista de Buñuel, con unos personajes de opereta, un pueblo que encoge y amplía sus distancias a voluntad del guión, y unas bandas de pistoleros que lo mismo le aciertan a un colibrí que le aciertan a un elefante, que lo mismo se lucen con una inteligencia sobrehumana que parecen los palurdos más estúpidos a este lado del Mississippi. Una película magnética, extraña, a ratos atractiva y a veces delirante, pero nunca, ay, un clásico que merezca los altares de esta inconcebible veneración. Un simpático despropósito, y poco más. Y callo, callo ya, que la puta de la cicatriz en el rostro, la más abnegada de todas ellas, me reclama en la parte superior de la cama, para calmar mis nervios, y amenizar la tensa espera.




2 comentarios:

  1. Se busca gordo con blog de cinéfilo de tercera fila. Fue visto por ultima vez en el bierzo. Se ofrece un caballo tuerto de recompensa a quien logre capturarlo vivo o muerto
    Podías haberlo dejado estar pero no has vuelto como critiques ya a la última de la trilogía yo personalmente te daré caza
    Firmado el manco

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  2. Nos vemos en la calle principal, a la hora del crepúsculo. Yo iré con el Winchester, aviso. Y si salimos vivos del duelo, te invito a unos whiskies, o a una zarzaparrilla, lo que tú quieras, forastero.

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