El sueño de Ellis

En El sueño de Ellis, una inmigrante polaca que posee los rasgos bellísimos de Marion Cotillard llega a los Estados Unidos acompañada de su hermana tísica. Son los años veinte, y en la isla de Ellis, antesala de Nueva York, los aduaneros hacen selección de los que cruzarán la última barrera. Los enfermos y los criptocomunistas habrán de quedarse en la isla antes de ser deportados a sus países de origen, para no contagiar el tejido social de la América decente. El personaje de Marion Cotillard no tose sangre en un pañuelo escondido, ni desembarca en el muelle cantando la Internacional, pero es denunciada por un pasajero como una mujer de moral laxa, pues al parecer, en el barco, aprovechando el trepidante oleaje del Océano Atlántico, se zumbó a varios europeos que anclaron en su carne para no caerse por la borda. Es así como ambas hermanas, la casquivana y la tuberculosa, a pesar de rezar cien Ave Marías de rodillas, pues son católicas de la Polonia más estricta y devota, serán colocadas en los barracones de los que nunca habrán de pisar la Tierra Prometida. 




            Es entonces cuando Nancy Etcoff, la psicóloga que escribió La supervivencia de los más guapos, un libro que todo el mundo debería leer para cuando tenga tiempo en vacaciones, se carga de razones y vuelve a demostrarnos la veracidad de su teoría antropológica. Entra en escena Bruno Weiss, el proxeneta neoyorquino que busca muchachas desvalidas para relanzar su negocio, y a cambio de una pequeña mordida, los aduaneros harán como que han perdido los papeles, como que les falta una detenida en el recuento, y esa mujer con cara de ángel que es Marion Cotillard gozará de una oportunidad laboral en el Nuevo Mundo. Una oportunidad de diez polvos por noche y lavativas continuas del coño, eso sí, a la espera de un futuro mejor en la tierra de los sueños. Muy mal tenía que pasarlo en Polonia si esta vida es preferible a la que llevaba allí, cuestión que uno, en su ignorancia, siempre se plantea cuando ve películas de inmigrantes que llegan a América. Pues una exigua minoría, eso es verdad, terminó haciendo fortuna y comprándose una mansión, pero una gran mayoría acabó pelando patatas en los restaurantes, pidiendo limosnas en las calles, enrolándose en los ejércitos para comer un chusco de pan a cambio de recibir gentilmente un disparo en la cabeza. Cuántos viajaron acuciados por la supervivencia y cuántos lo hicieron engañados por la publicidad.

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