El consejero

El consejero comienza con una escena de cama que parece suceder en el Cielo que nos aguarda, o que al menos aguarda a los fieles musulmanes de la yihad, con las vírgenes y la gran orgía de las barbas y los velos, pero que nos han prohibido, ay, por haber nacido en estos pagos, a los que fuimos bautizados como católicos sin dar nuestro consentimiento. Porque cuentan los teólogos que nuestro Cielo es un limbo aburridísimo donde uno se pasa la eternidad contemplando a Dios, en visión beatífica y serena, que ya ves tú, vaya plan, ver cómo se afeita la barba, o recoge la túnica de la tintorería, o le gradúan los cristales de ese triángulo telescópico con el que vigila a los pecadores desde las alturas. Tan plúmbeo todo como una película de Dreyer, un Dies irae terrorífico que los ángeles fueran rebobinando hasta el fin de los tiempos.
            Bajo unas sábanas blancas que parecen las nubes angélicas del feliz retozar, Michael Fassbender y Penélope Cruz se lamen los genitales arrancándose gemidos y promesas de amor eternas. No es, desde luego, el video amateur de la pareja borracha que luego sube el polvo a los servidores del Youporn. Fassbender es un hombre viril y proporcionado, con pintaza de amante veterano y cumplidor. Y Penélope, como todos sabemos, es una mujer que anega los cuerpos cavernosos con sólo mirarla y verla sonreír. Quiero decir que el sexo inicial de El consejero es un softporn de muy alta calidad, muy bien rodado, casi como un HD de la misma página de Youporn, de esos que llaman Art Erótica o Passion Lovers, un clip muy estimulante que nos deja clavados en el sofá a ver si la cosa se repite. 



            Embriagado de amor, el personaje de Fassbender, que es el consejero que da título a la película, coge el primer vuelo hacia Ámsterdam para comprar un diamante que valga lo que valen esos orgasmos pletóricos. Un diamante de muchos quilates, purísimo, brillantísimo, pulido hasta la última micra detectable con el monóculo de los joyeros. Porque ella, Penélope, que lo vuelve loco en la cama, y es la envidia de los hombres en los restaurantes, se merece lo más selecto de la pedrería internacional. Pero el diamante, claro está, no lo regalan con las tapas de los yogures, y el consejero, que ejerce de chanchullero para un traficante que hace negocios en el Río Grande, se deja enredar en un oscuro negocio para pagarse el caprichito. 
           Como el guión es de Cormac McCarthy, y ya sabemos que este tipo gusta de arrojar desgracias sobre sus personajes, uno supone, y supone bien, que estos fastos sexuales sólo son el prolegómeno de la gran balacera de los narcotraficantes, una que se parecerá mucho a las que salpicaban la trama de Breaking Bad, porque Walter White operaba en Nuevo México, y el personaje de Fassbender en la vecina Texas, y los mexicanos son igual de vengativos y de salvajes en ambos puntos de la frontera, y todos dicen pinche, y güey, y vete a chingar, mientras disparan la metralleta.



            Tiene buena pinta, El consejero, pero sólo si le quitas el sonido, porque sus personajes, cuando abren la boca, pierden cualquier verosimilitud, y se convierten en recitadores de textos y prédicas que no vienen a cuento. Mientras follan, o disparan, o conducen los todoterrenos por el desierto, la cosa va bien, pero cuando hablan en las mansiones o en los aeropuertos se vuelven actores de teatro,  profesores de filosofía, curas subidos al púlpito. Parlotean como los personajes de las novelas, y el cine no es una novela. Existe una convención literaria y una convención cinematográfica, y el bueno de don Cormac las ha mezclado y confundido.  Los pocos diálogos que se entienden tienen sustancia, enjundia, un sentido gris de la existencia que a mí me seduce y me convence. Pero no pegan, no cuelan, están fuera de contexto. Lo del matarife recitando a Machado, o lo del joyero buscando la vida en el fondo de un diamante, da  un poco de cosa, un poco de repelús.



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