Compliance

Compliance es una película perturbadora que sin embargo, a los misántropos más recalcitrantes de la audiencia, nos deja muy satisfechos en el sofá, porque nos reafirma en la certeza de que poco o nada se puede esperar del género humano. Basada en unos hechos reales que luego hay que buscar por internet para creérselos del todo, Compliance demuestra que mientras las cosas van bien todo son saludos corteses y conversaciones amables, pero que cuando los asuntos se tuercen, la gente se quita la máscara civilizada para enseñar su rostro verdadero: todos llevamos por dentro un estúpido, un cobarde, un malvado, un mezquino. Sólo nos tienen que poner a prueba para quedarnos desnudos en un santiamén.



            Tres meses después de que Adolf Eichmann fuera ejecutado en Jerusalén, Stanley Milgram, un psicólogo de la Universidad de Yale, se hizo la pregunta del millón: ¿es posible que Eichmann estuviera confesando la verdad cuando afirmaba que él no era un asesino cargado de odio, sino un simple funcionario que se limitó a obedecer órdenes de sus superiores? ¿Es posible que nosotros, los que presumimos de humanidad y de decencia, colocados en el mismo papel de Eichmann, nos dejáramos llevar también por la disciplina y la sumisión? 
         Para responder a estas inquietantes cuestiones, Milgram diseñó un experimento que hizo historia en el mundo de la psicología. En dos cabinas separadas por un cristal, colocó a un voluntario reclutado de la calle, al que se le pagaban cuatro dólares más dietas, y a un tipo de la universidad conchabado con el investigador. A este cómplice se le sentaba en una especie de silla eléctrica, con varios electrodos falsos conectados a su cuerpo, y atado con correas. Al voluntario se le entregaba el manejo del aparato que producía las descargas eléctricas, que él presumía verdaderas. A la orden del investigador, debía de aplicar a la víctima una descarga inicial de 40 voltios, apenas un chispazo molesto. Nadie objetó nada. A partir de ahí, a requerimiento del hombre de la bata blanca, las descargas iban subiendo en intensidad, y aunque los voluntarios se revolvían incómodos en sus cubículos, y preguntaban continuamente por el sentido del experimento, porque la víctima -fingiendo, recuerdo- se retorcía de dolor e imploraba el final de la función, el 60% de los voluntarios llegó a aplicar el tope máximo de 450 voltios que previamente se había determinado como mortal.  Pocos eran los sádicos que disfrutaban con el sufrimiento de la cobaya, pero fueron muchos los que obedecieron las órdenes hasta el final, escudándose en que ellos, al fin y al cabo, no eran responsables del dolor, sino simples sujetos que seguían las consignas de un tipo muy sabio de la universidad. 



            Compliance, con su trama de personajes tan débiles como estúpidos, vuelve a recordarnos la triste realidad de esta tara incurable del Homo Sapiens. Pero no se vayan todavía, aún hay más: también nos recuerda que lo mismo aquí en España que allá en Ohio, cualquier mindundi al que le colocan un uniforme y un puesto de mínima responsabilidad ya se cree el rey del mambo, el sostén de la economía local, el sujeto imprescindible del engranaje comercial, aunque sólo sea, como en la película, una cincuentona que supervisa a tres adolescentes subcontratados en una hamburguesería. Yo pensaba, hasta hoy, que éste era un fenómeno típicamente español, una idiosincrasia lechuguina y absurda que tal vez venía de los tiempos de la Reconquista, de la confluencia de las culturas, de la herencia visigótica mezclada con la moruna, o alguna zarandaja por el estilo. Pero se ve que no, que es una megalomanía que afecta a los mentecatos del ancho mundo, y no sólo a ellos, me temo, sino a cualquiera de nosotros, que nunca hemos lucido gorra ni chapa, pero que sólo de imaginarnos en tal situación ya fantaseamos con pequeñas venganzas y chulerías. 


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