THX 1138

En la sociedad futurista que George Lucas imaginó para THX 1138, los humanos son como abejas obreras encerradas en un inmenso panal. Todo el mundo viste con túnicas blancas, lleva el pelo rapado y vive en minúsculos apartamentos cerca del trabajo. No tienen más objetivo en la vida que trabajar, y reponer fuerzas y energías para seguir produciendo. Para que nadie caiga en la tentación del sindicalismo y pida un día libre a la semana, o una jornada laboral de ocho horas, los mandamases del invento mantienen a la población drogada con pastillas. Los obreros han de seguir un régimen obligatorio a la hora de las comidas, y están controlados por funcionarios vigilantes que cuentan las píldoras y monitorizan las ingestas. Es así como los mantienen en un estado ficticio de placidez, en el que nada se anhela ni se desea. Cualquier desatención en el trabajo puede provocar un accidente, y los accidentes le cuestan dinero al Estado. Luego, por si las moscas, para detectar a los cripto-comunistas que se las guardan bajo la lengua y las escupen en el retrete, los obreros son electroencefalogramados en controles rutinarios o sorpresivos, para saber quién lleva las ondas cerebrales acompasadas y quién tiene la cabeza en otro sitio, imaginando liberaciones de la clase obrera y asaltos a los palacios de invierno. 



            Las relaciones sexuales están prohibidas con severísimos castigos. El sexo confunde y atonta; crea vínculos afectivos, ensueños idiotas, y la economía se resiente con tanta mandanga del corazón. Si la ciudad produjera pañales o chupetes sería otro cantar.  Los capataces cambiarían el régimen de pastillas para que los obreros follaran como locos y dieran salida con sus retoños al stock de productos. Pero en esta colmena futurista sólo se fabrican robots-policías, que van armados con picanas y tienen un andar muy torpe. Unos auténticos inútiles con cara de metal y corazón de plutonio. Bien que se rió de ellos Woody Allen en El dormilón.  Cuando les llega el apretón en las gónadas, los obreros pueden masturbarse viendo hologramas que contonean el culo y se magrean las tetas. Unas proyecciones cutrísimas, con interferencias, como aquella de la princesa Leia pidiendo ayuda a Obi Wan Kenobi en La Guerra de las Galaxias. Estos hologramas son casi como una película porno del Canal +, de cuando la gente las sintonizaba en sus televisores sin el aparato decodificador. Hay más imaginación que verdad, más vislumbre que definición. Ningún creativo de la película, ni el mismo George Lucas de las grandes visiones, pensó en algo parecido al Youporn de cuatro décadas después, tan efectivo, tan excitante, tan sencillo de manejar... 



            THX 1138, el personaje, es un obrero especializado que vivía feliz en su distopía laboral hasta que una buena mañana, por culpa de su compañera de apartamento, es expulsado del paraíso terrenal. LUH, que así se llama nuestra Eva del futuro, le cambia unas pastillas por otras para dejarlo turulato y poder acostarse con él. LUH va ciega de hormonas, quién sabe si por un error en su medicación, si por un defecto genético en su cerebelo, pero no encuentra a nadie con quien apagar su fuego interior. Como no hay muñecos hinchables a la venta, y los hologramas de hombres haciéndose pajotes son más bien lastimosos, decide liar al pobre de THX para frotar carne contra carne, pelo contra pelo. Nuestro héroe se lo pasa pipa en el primer revolcón, porque además LUH es una mujer hermosa de piel blanquísima y un mar infinito de pecas. Justo la mujer que a mí también me vuelve loco en esta distopía real del siglo XXI, donde uno vive igualmente drogado y esclavizado por el trabajo, y el pito se arrastra melancólico y mustio. Después del polvazo, THX, confundido por la experiencia, y arrepentido de haber pecado contra el sexto mandamiento, cometerá un error garrafal en el trabajo. Ipso facto será detenido y puesto en cuarentena, como un contagioso del virus de la libido. Lo desterrarán a un limbo lechoso donde vagan otras almas en pena, seres defectuosos e improductivos. No será un ángel de espada flamígera quien le enseñe el camino de la expulsión, sino uno de los robots que él mismo fabricaba, cuando era un obrero asexuado y feliz.


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