Guerras sucias

            Había leído en algún sitio que Guerras Sucias era un documental de grandes revelaciones sobre las acciones secretas del ejército estadounidense. Jeremy Scahill, periodista de investigación que se juega el pellejo en las guerras más peligrosas, que mete la cámara en las balaceras o entrevista a líderes muyahidines en sus covachas, prometía dejarnos patidifusos con sus pesquisas sobre el JOSC (Joint Special Operations Command), un top-secretísimo cuerpo de élite que desayuna Navy Seals por la mañana y usa a los Rangers de mayordomos en sus campamentos. Unos soldados de la hostia, como se ve, que se dedican a realizar acciones encubiertas por todo el mundo, fulgurantes y silenciosas. En sus mapas no existen las fronteras ni los acuerdos internacionales. Tampoco existen los límites morales en sus manuales del oficio: como vemos en el documental, son capaces de asesinar a una pandilla de adolescentes sólo porque en ella va el hijo de un muyahidín, o de cargarse a dos mujeres embarazadas en las montañas de Afganistán  porque comparten tienda con el hombre objetivo. Para qué hacer distingos, si con la misma bomba, o con la misma ráfaga de metralleta, podemos acabar antes para subirnos al helicóptero y ver la Superbowl vía satélite.



Los JOSC a veces se equivocan, porque en el fondo son humanos, y todavía no han completado su metamorfosis en robocops. Matan a un tipo inocente que se parecía mucho al señalado, o bombardean una casa que hace meses abandonaron los supuestos terroristas. Como son americanos y cojonudos se equivocan lo justito, y además nadie se entera después. Y si se entera, lo matan. Si fueran un cuerpo de élite del glorioso ejército español se equivocarían casi todas las veces, de objetivo, de fecha, de pueblo, y acabarían cargándose a su propio comandante, o pegándose un tiro en el pie. El salgento Arensivia y sus aguerridos muchachos...




            El problema de Guerras Sucias es que todo esto ya lo sabíamos o lo sospechábamos. Es como si repitiéramos curso por segunda vez y nos enseñaran las mismas lecciones y las mismas diapositivas. No es ningún secreto que los americanos son los dueños del mundo, los macarras del barrio, los chulos de la fiesta, y que siempre hacen lo que les viene en gana. Y que si alguien protesta y les pone un petardo bajo la ventana, pronto recibe la visita de unos matones superentrenados que llevan trajes de un millón de dólares y son capaces de arrancarte la cabeza de un pollazo. Scahill nos cree ignorantes de una verdad que hasta los más lerdos ya conocen. Incluso los tarados que participan en Gran Hermano conocen esta triste realidad. Scahill nos pone músicas, nos enseña crímenes, nos señala a responsables con el dedo. ¡Indignaos!, parece gritar. Pero los espectadores ya estamos hartos de indignarnos. No sirve para nada. Sólo queremos que nos entretengan, y que nos dejen tranquilos. A Scahill le agradecemos el esfuerzo y la valentía, pero nos hemos quedado como estábamos. Se ha jugado el pellejo en esos países misérrimos para nada. El día que nos demuestre, como sospechamos unos cuantos, que Al Qaeda no existe, y que sólo es un invento de los americanos para justificar sus tropelías por Oriente Medio, que nos avise. Ahí sí que abriremos los ojos, y destaponaremos los oídos.


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