Alabama Monroe

En la guerra sin cuartel que desde hace siglos enfrenta a los pobres contra los ricos, nosotros, los desheredados, sólo hemos podido combatir con las armas de la revolución violenta. Los derechos que hemos adquirido con el tiempo, y que ahora tratan de arrebatarnos estos hijos de puta que nos gobiernan, se lograron en el cuerpo a cuerpo de la huelga o de las barricadas. Ni una sola concesión importante fue arrancada en las conversaciones civilizadas o en los parlamentos de los burgueses.  Todo se logró asaltando palacios de invierno o tirándose al monte con las guerrillas. Como no disponemos de más medios que la cabezonería y la fuerza bruta, nosotros, el lumpen, hemos emprendido batallas que se diferencian muy poco de aquella de 2001, cuando los monos luchaban por el agua de la charca golpeándose el pecho y blandiendo el hueso.



            Los ricos, en cambio, son mucho más sofisticados a la hora de asesinarnos. Cuando deciden exterminarnos en masa, montan unas guerras de mucho ejército y mucho armamento, y en vez de bajar ellos mismos al fango de la trinchera, convencen a los pobres de su país para que peguen los tiros. Les dicen que el vecino de enfrente se come niños, o viola mujeres, o tiene una piel oscura que es síntoma inequívoco de tratar mucho con el diablo. Son muy inteligentes y muy ladinos, los ricos de cualquier época y de cualquier condición. Cuando las grandes guerras ya han producido los efectos deseados en la demografía, los ricos pasan al plan B del genocidio, y empiezan a asesinarnos con los métodos indirectos, que apenas acaparan titulares en los periódicos y menciones en los libros de historia. Le quitan un tanto por ciento a los presupuestos de Sanidad y se cargan a unos cuantos de miles de revolucionarios en potencia. A ellos la sanidad pública les da lo mismo, porque tienen sus hospitales privados para los achaques cotidianos, y los hospitales de Estados Unidos para cuando las cosas vienen muy jodidas. Para que los mataderos -perdón, los hospitales- no se queden sin clientela, le pegan un tijeretazo a las ayudas sociales, a los subsidios del paro, a los sueldos de los funcionarios. Dejan que las empresas contaminen, que los alimentos se envenenen, que  el medio ambiente se degenere. Así la gente come peor, vive peor, enferma peor. El que no se muere de un cáncer morirá poco después del hastío, o del estrés, cuando un infarto de agotamiento se lo lleve por delante. Antes habrá dejado sus mejores años en los trabajos esclavos que sostienen el sistema. Y la rueda gira, y sigue girando...




            Los ricos, para darle continuidad a este holocausto silencioso, han emprendido una guerra paralela contra los avances científicos. Los tipos de las batas blancas, dejados a su libre albedrío, y dotados de fondos suficientes, acabarían con los malestares del proletariado en el plazo de unas pocas décadas. Y eso no lo pueden permitir. Pero tampoco quieren, claro está, perderse las ventajas de los nuevos tratamientos que van surgiendo. Son ricos, pero también son humanos, y más tarde o más temprano enfermarán de los mismos males. Es por eso que de puertas afuera berrean contra la ciencia, porque aseguran que va en contra de la voluntad de Dios, pero luego, entre bambalinas, incorporan las terapias a sus hospitales privados y pagan un huevo por ellas. Entre otros asuntos problemáticos está el de la terapia con células madre. Hablan de asesinato de embriones, de genocidio de nonatos, de crímenes horrendos cometidos en la cárcel de las probetas. Pero eso lo dicen cuando el enfermo es pobre. Cuando el afectado es rico y poderoso, apelan al derecho inalienable de la curación personal. Pro-vida de los demás, en el primer caso; pro-vida de uno mismo, en el segundo. Son, como ya dije, unos auténticos hijos de puta. 



            En Alabama Monroe, que es la película que nos ocupa, la hija de la pareja protagonista enferma de un cáncer precoz que sólo las células madre podrán curar.  Aunque es hija de dos desclasados, tiene la suerte de haber nacido en Bélgica, que es territorio europeo y civilizado, y podrá acceder a la terapia sin que las tablas de la Ley caigan sobre el tejado del hospital. Pero el tratamiento será costoso, incierto, problemático, porque los avances verdaderos se cuecen en Estados Unidos, y allí, amenazados por los legionarios de Dios, los científicos sufren una zancadilla tras otra. El destino de esta niña, y de otras miles como ella, está en manos de estos pirados que blanden la Biblia como si fuera una ametralladora. De hecho, asesina con la misma eficacia. 


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