La edad de la inocencia

Cuando Martin Scorsese rodó La edad de la inocencia, alguien dijo que el maestro cambiaba de registro, y que probaba suerte en un género distinto al de las hostias entre mafiosos y otras gentes de mal vivir. Pero yo creo que se equivocan. Los personajes de La edad de la inocencia, burgueses acaudalados del Nueva York decimonónico, son otra panda de impresentables que se pegan la gran vida a costa del sufrimiento ajeno. Unos sociópatas que no necesitan tirar de navaja o de pistola para robar el dinero y ajustar cuentas con el enemigo. A estos caballeros tan atildados y a estas damiselas tan finolis les basta con aplicar la ley, la sagrada Constitución que les legaron los padres de la patria. Estos yanquis que viajan a Europa, veranean en Florida y viven en mansiones impresionantes de Central Park, acabaron con la esclavitud sólo para traerse a los negros a las fábricas del norte, pagarles un sueldo de miseria y proclamar que ya no eran siervos de nadie, sino hombres libres asalariados. Los juntaron con los irlandeses que huían de la hambruna, y con los italianos que escapaban de la mugre mediterránea, y los hacinaron en viviendas precarias, en barrios insalubres, en porquerizas inhabitables para los cerdos. Por un puñado de centavos, que no de dólares, los obligaban a trabajar de sol a sol, sin descansos, sin seguros sociales, sin perspectivas de una vida decente. Cuando algún rojo de mierda protestaba, o le daba por fundar un sindicato, le enviaban una pandilla de sicarios para romperle la crisma y recordarle que al Niño Jesús no le gustaba el marxismo, ni las modas justicieras que venían de Europa. 



            Gracias a esta plusvalías, los personajes de La edad de la inocencia viven como marajás de la India. Con la barriga llena, los hijos criados y los dineros manando de la fuente sempiterna, estos mafiosos del guante blanquísimo se dedican a ir de convite en convite, de ópera en ópera, de amante en amante. Hacen encargos en las floristerías, escriben largas cartas en sus despachos, fuman puros habanos en los clubes exclusivos para chismorrear de asuntos de alcoba, propios y ajenos. Mientras tanto, sus esposas, imbéciles y ñoñas, coleccionan joyas, comen pastelitos de nata y dan largos paseos entre los jardines, con la sombrillita y el gorrito. Es tanto el odio que siento por esta burguesía que sus vidas, en la película, gracias a la magia del cine, llegan a fascinarme. Y hasta me conmuevo, en el colmo del síndrome de Estocolmo, por el amor roto y nunca consumado de su pareja de protagonistas. Porque uno es bolchevique, pero también es humano, y los corazones rotos producen un hermanamiento instantáneo, más allá de las diferencias de clases. En el desamor -y más si es un desamor por Michelle Pfeiffer- proletarios y explotadores compartimos un mismo dolor, y una misma humanidad.


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