Enemy. Juan Manual de Prada: Géminis y Némesis

Casi al mismo tiempo que rodaba Prisioneros, que es una película inquietante y comprensible que fue muy bien tratada en este blog, Denis Villeneuve rodaba esta otra titulada Enemy, que es también muy inquietante y muy meritoria, pero comprensible sólo para las mentes privilegiadas, o para los espectadores con mucha imaginación. Un profesor de universidad que parece haber entrado en un laberinto personal, en una depresión de las de llegar tarde a todos los sitios y quedarse abufarrado por las esquinas, descubre, en una película alquilada en el videoclub, que existe un actor igualito que él, con los mismos rasgos, con la misma voz, con los mismos gestos que él suponía intransferibles. Nuestro profesor, que está convencido de no tener un hermano gemelo secreto, quedará obsesionado por tal coincidencia inexplicable. Descubrirá que el misterioso actor salido de su espejo también es canadiense, y que vive en su misma ciudad, Toronto, en un edificio de apartamentos de lujo. Abandonará sus propias obligaciones para indagar en la vida de este tipo que es él mismo, no parecido, no confundible, sino idéntico hasta en la forma de las manos o en las cicatrices del cuerpo.




         Ha transcurrido media hora de metraje y todos los espectadores, sin importar nuestra posición en la campana de Gauss de la inteligencia, avanzamos cogidos de la mano por la vía de la compresión. Sin embargo, hay algo en el tono apagado de la fotografía, en el suspense tétrico de la música, en algunos diálogos crípticos que se deslizan de vez en cuando, que nos da el aviso de que a partir de aquí, cuando la locura se desate entre los personajes, y el actor perseguido por un doble se ponga como las maracas de Machín, y las mujeres respectivas empiecen a comportarse de un modo ambiguo y sospechoso, los menos inteligentes en el país de los sofás habremos de conformarnos con asistir al espectáculo, y dejarnos llevar hasta el final del metraje suspendiendo el envío de preguntas sin respuesta. Sólo nuestros compañeros más avezados se adentrarán en los misterios de Enemy para luego explicarlos en los foros de internet, a los más incapaces, a los que hemos llegado al The End rascándonos la cabeza como monos ante un cajero automático.



            Esto de poner la tele y encontrarse con la imagen especular de uno mismo, que es sensación al principio hilarante y luego mosqueante, me sucedió durante varios años, muchos lunes por la noche, en la tertulia de Qué grande es el cine que presentaba José Luis Garci en TVE. Allí parloteaba este álter ego de la papada y las gafotas que sigue siendo Juan Manuel de Prada, un tipo que al principio me caía bien porque yo pensaba, estúpido de mi, que todos los allí congregados eran gentes de izquierdas que venían a hablar de cine y a lanzar puyas contra los sectores conservadores de la sociedad. Tuve que consultar su biografía en el internet paleolítico para saber que Juan Manuel de Prada había nacido muy lejos de Invernalia, y dos años antes, y despejar así las dudas sobre un hermano gemelo no confesado por mis padres. Esta película real basada en los hechos ficticios de Enemy me pilló en mitad de mis ínfulas de escritor, de mis sueños de literato, y Juan Manuel, que se peinaba como yo, y llevaba mis gafas, y cultivaba la misma panza, hablaba, además, con el mismo vocabulario pedante que yo también cultivaba entre mis pocas amistades, para epatar, para hacerme el listo, para quedarme más sólo que la una mientras los demás decían tranqui tronko y se hartaban de follar. C'est la vie.  



            Como soy de cortas entendederas, tardé varios meses en comprender que alrededor de José Luis Garci se congregaban los pilares culturales del aznarismo triunfante: liberales de Chicago, meapilas de sacristía, integristas de España, defensores de la tauromaquia.  Y que Juan Manuel de Prada, por ser el más joven de todos, era también el más peligroso, el más sibilino, el que servía de banderín de enganche a los pijísimos cinéfilos de las Nuevas Generaciones. Ahí terminó mi Enemy particular, mi fascinación por el personaje televisivo y literario que me había robado el éxito y la identidad. Juan Manual de Prada dejó de ser mi Géminis para  convertirse en mi Némesis, cada vez más católico y más monárquico, más redicho y más estomagante. Yo dejé de escribir porque nadie me hacía caso, y en la frustración adelgacé algunos kilos de orgullo; él, en cambio, que sigue denunciando el peligro de la antiespaña y de los rojos, de los catalanes y de los drogatas,  sigue engordando como un cura obeso, como un capitalista de sombrero de copa, como un Jabba el Hutt del planeta de los escritores anfibios. My enemy, propiamente dicho.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com