El truco final

Se me ha vuelto a quedar cara de panoli cuando termina El truco final y aparecen los títulos de crédito sobre el fondo negro de mi confusión. En este segundo intento de comprender el intríngulis de El Hombre Transportado, uno había preparado el salón para que nada pudiera interrumpir la sesión de magia con Christopher Nolan. Uno se repantigó en el sofá ya cenado y bebido, meado y cagado. El teléfono, apagado; la ventana, sellada; la familia, marginada. Rebecca Hall y Scarlett Johansson, que danzan por la película tratando de despistarme con sus encantos femeninos, visten esos ropajes del siglo XIX que me anestesian la líbido y me dejan tal como estaba, con la decadencia fálica de un jueves laborable. Nada, pues, va a distraerme del artilugio eléctrico, del personaje escondido, de la tramoya oculta bajo el escenario de los magos. Más que ojos abiertos, tengo párpados grapados a las cejas con artilugios sacados de La naranja mecánica. Me escuecen los ojos de tanto mirar sin que las córneas se lubriquen. He tomado dos cafés, dos coca-colas, un paracetamol para despejar cualquier sensación molesta de la cabeza. He adelantado una hora mis hábitos nocturnos para que el sueño, cuando llegue, lo haga ya con la película vencida, y la victoria cognitiva metida en el zurrón. Mis neuronas, esta noche, son un campo abonado para la comprensión del misterio. 



            Noto, en los primeros compases de la película, que mi inteligencia está alcanzando su velocidad punta. Que no es mucha, pero sí inusual y sorprendente. Parece ágil y despierta; chispeante, incluso, en algunos asuntos primordiales de la trama. Pero tampoco quiero engañarme, ni engañarles a ustedes: es la segunda vez que veo El truco final, y algunas comprensiones decisivas se las debo más a mi memoria que a mi inteligencia de hombre menguado. De todos modos voy avanzando, adivinando, sorteando las trampas sencillas que Nolan y sus guionistas me tienden al principio. Me siento capacitado, esta vez sí, para deshacer el nudo gordiano de la trama: la máquina de Nikola Tesla, allá en las montañas de Colorado Springs, con sus rayos eléctricos que tal vez sí, o tal vez no, o tal vez a ratos, obran el milagro de la impresión en tres dimensiones. Llego pletórico, subido de ánimo, a la parte crucial de la película. Hacía meses, años incluso, que mi cerebro no carburaba con esta limpieza, con esta eficacia.  Pero en un momento dado, al doblar la esquina de un diálogo, o de una aparición inesperada, me veo de nuevo perdido en la inmensidad del desconcierto. ¿Quién coño era, realmente, el que presentaba, el que desaparecía, el que volvía a aparecer en el escenario? ¿Quién el que moría, o el que no moría, o el que luego resucitaba? Demasiadas interrogaciones que van cayendo sobre mi cabeza como cagadas de paloma. Baldones sobre mi honor de antiguo cinéfilo espabilado. Derrotado, he venido a los foros de internet para que la inteligencia de los demás guíe a la mía por el laberinto. Pero descubro, con cierto regocijo, que la peña también camina algo confundida. Hay teorías sobre El truco final que parecen incuestionables hasta que lees otras que las refutan argumento por argumento, y así sucesivamente. Ninguno de los espectadores parece tener la razón absoluta. Pero ellos, al menos, tienen argumentos, cosa que ya no crece en mis invernaderos cerebrales. No hay más cera que la que arde, ni más sinapsis que las que conectan. 


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