El club de la lucha

Cuando se estrenó El club de la lucha allá por el año 1999, los cinéfilos del ancho mundo se dividieron en dos bandos irreconciliables que todavía no han firmado la paz. Quince años después, tras varias revisiones en DVDs, ninguna tribu surgida de la diáspora se ha movido un centímetro de sus posiciones. Y eso que nadie entendió realmente la película en su momento. Los que la pusieron a parir llamaron fascistas a David Fincher, su director, y a Chuck Palahniuk, el autor de la novela, como si ellos fueran los profetas de un Cuarto Reich a punto de surgir de las tinieblas. Según estos críticos iracundos, la película era una exaltación de la anarquía, del salvajismo, del sálvese quien pueda del mamporro limpio y de la hostia que te meto. Una distopía surgida de mentes enfermizas que habían leído a Nietzsche y lo habían adelantado a toda velocidad por la autovía del Nuevo Hombre, imaginando un futuro regido por la voluntad de los más bestias, de los más insensibles al dolor propio y al sufrimiento ajeno. No supieron ver la ironía, la parodia, el cachondeo que iba implícito en el subtexto de Tyler Durden. Otros, en cambio, que realmente tenían algo de fascistillas y de chulos de barrio, saludaron El club de la lucha como una película que les daba la razón en sus postulados de matones dominantes. Estos tarados se tomaron la película al pie de la letra, sin entender que más allá de las hostias como panes, había un mensaje liberador para el hombre del siglo XXI, un atisbo de esperanza que consistía en ir aligerando el equipaje de las necesidades. Limitados por su mente simplona de neandertales del suburbio, los aduladores de El club de la lucha la vendieron como el trompetazo inaugural del próximo Apocalypsis, que ellos iban a gestionar como gorilas a la puerta de la discoteca.



            Hubo un tercer grupo, minoritario, en el que yo me incluí al instante quizá por eso, por ser minoritario, que vio en El club de la lucha una película visceral, arriesgada, adelantada varios lustros a su tiempo. No, por supuesto, la película de nazis urbanitas que los progres denunciaban, ni la apología violenta que los tontos celebraban. Nosotros tampoco la entendimos del todo, porque Fincher y Palahniuk jugaban al despiste, a la metáfora, a ponerse trascendentes y a reírse de pronto con sus propias ocurrencias, pero sabíamos que con el tiempo su mensaje nos sería desvelado. El club de la lucha, finalmente, fue la profecía oscura de los tiempos económicos que estaban por venir. El vaticinio esquizofrénico de que el tejido social, depauperado y falto de esperanzas, estaba cerca de deshilacharse y de volver a tejerse en nuevas y combativas sociedades. Lo del club de la lucha, propiamente dicho, apenas consume veinte minutos de tiempo en la película. La gente se quedó en los mamporros, y los mamporros sólo eran el divertimento para que los adolescentes inflaran la taquilla. Tyler Durden buscaba hombres dispuestos a poner la economía patas arriba, a concienciar a los ciudadanos de su locura consumista. 
           Ahora que los economistas más sabios proponen el decrecimiento como remedio a los males del mundo, que la crisis nos ha vuelto más pobres y menos dignos, ciudadanos descendidos a categorías inferiores de la vida, uno ve derrumbarse esos rascacielos del capitalismo y no puede reprimir un gustirrinín de viejo bolchevique que baja por la rabadilla y hace cosquillas en el ya mortecino perineo. Hace quince años nos parecía imposible que un grupo antisistema derribara las estructuras financieras, y resultó que las estructuras financieras se derrumbaron por sí mismas, ahítas de poder y de dinero, aunque luego nuestros políticos, con la coartada inexpugnable de las urnas, volvieran a construirlas para seguir empobreciendo nuestras vidas, y reírse en nuestra puta cara de la estulticia que nos gobierna. Fue bonito mientras duró.


3 comentarios:

  1. Ese where is my mind mientras los rascacielos caen ya es un clásico en mi smartphone tyler durden nos enseño que si te lo crees con una pinta de tío corriente te puedes ligar a la guapa de la disco y de paso iniciar una revolucion

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  2. Helena Bonham Carter, lo que se dice guapa, no es mucho, pero lo de montar una revolución te lo acepto.

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  3. No lo decía por helena sino porque el creía k kien se la tiraba era durden yen el fondo era el helena es una enana pero algo atractiva y otra cosa el libro es bastante mas bestia que la peli

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