El buscavidas

El buscavidas es una de las películas de mi vida. Primero por el guión, por los actores, por el blanco y negro melancólico que ya nunca volverá a la gran pantalla. Y segundo -y da un poco de vergüenza reconocerlo- porque en ella juegan al billar, y a mí esa liturgia del taco me deja boquiabierto y ensoñando como un niño tonto. Si Eddie Felson se hubiese dedicado a trampear en partidas de póker, o en torneos de dardos, El buscavidas, para quien esto escribe, no habría tenido la misma relevancia, la misma mística que la ha convertido en una referencia continua de las tertulias. Los lectores de estas malandanzas ya saben que lo mío con el billar es una fijación de autista, una obsesión de haber perdido la chaveta. Una vocación que nació no tardía, sino muerta, directamente, a destiempo de cualquier aprendizaje y de cualquier futuro viable. Uno, que vive en el escalafón más bajo de los amateurs, apenas sabe agarrar el taco, posicionar el cuerpo y realizar los golpes más básicos. Mi destreza manual, tan poco simiesca, apenas me llega para pelar los plátanos, o para fregar los platos sin estrellarlos contra el suelo. Mi padre, el pobre, vivía del arte que producían su manos, y yo sin embargo, entrampado en un laberinto genético, sobrevivo a pesar de mis manos.



       Así que me conformo con verlo en la tele, en los canales de pago, negocio abusivo que sostenemos religiosamente los así embobados. Veo el billar en largas veladas que me dejan hipnotizado, y evaporan el tiempo densísimo para convertirlo en apenas un suspiro. Más que la competición entre hombres, me fascina la geometría de las bolas, la física de los entrechocares, la matemática que rige las trayectorias y las velocidades. Los misterios del universo rondan de tapadillo entre las bolas: ecuaciones implícitas, efectos gravitatorios, caprichos cuánticos, quizá, en algunos azares que nadie acierta a explicarse. Hay un mundo de conocimientos en el tonto golpear del palo contra la bola. Un juego de habilidad, de estacazos, de un simbolismo fálico y coital que salta a la vista, convertido en filosofía profunda del conocimiento.




          El buscavidas, decía, es una de las diez películas escogidas que me llevaría a la isla desierta. O de las cinco, quizá, si me pillara en un día propicio. Y lo haría, sin embargo, en total desacuerdo con la moraleja final. Eddie Felson viene de California con una sonrisa de sol en la cara, y una taquera bien chula junto a la maleta, dispuesto a comerse el mundo de los billares. Pero Minnesota Fats, en su primer desafío, tras varias horas de juego y varias botellas de whisky en el coleto, termina por destrozarlo. Minnesota es un veterano de mil batallas: se mueve despacio, cariacontecido, con una seguridad pasmosa en todo lo que hace. No se pone nervioso, no se apresura, encaja las malas rachas con una sonrisa de complacencia mientras se afila las uñas a escondidas. Minnesota Fats tiene cachaza, categoría... carácter. Eddie es un chulo de los antros, un borrachín sin aguante, un pelele dominado por la frustración. Le llegan las malas rachas y se desmorona; le llegan las buenas y no sabe cuándo parar. Vapuleado en este primer reto, retornará a sus cuarteles de invierno, al hotel desvencijado de cuatro chavos por noche. En la ciudad conocerá el amor, la lesión, la tragedia... La prostitución de su propio talento, en busca de ganarse una revancha contra Minnesota. Se presentará ante el gordo entrañable con un semblante distinto, con un autodominio insospechado. Y le vencerá. "Ahora tengo carácter", le grita Eddie a la cara, convencido de que el carácter es una cosa que se adquiere, que se trabaja, que casi se merece a cambio de los sinsabores personales. Pero el carácter, como todos sabemos, es una cuestión cromosómica que nos viene dada. Que nace con nosotros y muere con nosotros. Un hilo de ADN inextricable que viene ovillado y mezclado entre otros miles de hilachas indistinguibles. El carácter no es una parte de nosotros: es nosotros, literalmente. Forma parte de nuestra estructura básica, como la sangre, o como los nervios. Ir por ahí gritando "ahora tengo carácter" es tan ridículo como gritar "ya tengo sistema nervioso", o "por fin me han colocado el esqueleto". Eddie descubrió su carácter, o estaba fingiendo uno que en realidad no tenía. Ahí quedó un enigma sin resolver, una segunda parte que Martin Scorsese, veinticinco años más tarde, orientó hacia otros derroteros más simplones: la película notable que siguió a la obra maestra.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com