Antes del amanecer

La primera vez que vi Antes de amanecer yo tenía la misma edad que sus protagonistas, y atendía sus diálogos como quien está compartiendo un café interesante con los amigos, una escapada juvenil por la noche loca de Viena. Me sentía partícipe de una película escrita para la gente de mi generación, aunque Ethan Hawke y Julie Delpy fueran guapos, cosmopolitas, plurilingües, viajaran por el mundo en aviones y trenes que pagaban sus papás millonarios, mientras que yo, en la sala de cine de Invernalia, seguía siendo feo, provinciano, únicamente hablador del castellano, y nunca hubiera viajado más allá de Barcelona, que ya por entonces parecía un territorio extranjero y mucho más civilizado.



            Mientras duró la proyección mantuve los ojos bien abiertos, y las orejas bien estiradas. Quería aprender los secretos de estos triunfadores de la vida, que estudiaban en universidades cojonudísimas, tenían examores de altos vuelos y eran capaces de superar cualquier contratiempo con una sonrisa en la cara y un morreo sin halitosis a orillas del Danubio. Hawke y Delpy, en su recorrido nocturno de la Viena enamorada,  filosofaban sobre el compromiso, sobre el arte, sobre el tránsito leve de la vida, y yo apuntaba mentalmente algunos diálogos para luego soltarlos en mis círculos ibéricos, mucho menos sofisticados por estar a orillas del Bernesga, a ver si picaba alguna chica vestida de gris. De lo que contaba el personaje de Hawke me iba enterando más o menos, pero de lo que decía ella, Julie Delpy, no entendía realmente ni papa. Porque Julie era la mujer más hermosa que yo había visto jamás, la traducción exacta de mis sueños hablados en jerga onírica, y cuando aparecía en pantalla, yo me recreaba en ese rostro que era sin duda el de los ángeles, y embelesado en sus labios y atrapado en sus ojos y cegado en su blancura, mis oídos, que se habían quedado sin sangre porque toda ella se había quedado en el corazón galopante, eran dos tabiques de hormigón en los que sus dulces palabras rebotaban.



            Hoy, casi veinte años después, he vuelto a ver Antes de amanecer. Ellos, los amantes de Teruel, siguen teniendo veintitrés años, y toda la vida de la gente guapa y bendecida por delante. Uno, en cambio, atrapado en la corriente nauseabunda de la realidad, ha superado ya los cuarenta años, y sigue siendo feo, y provinciano, e incapaz de entender dos frases seguidas en inglés, a pesar de llevar toda la vida viendo las películas subtituladas, como dicen que es imprescindible y necesario. Esta incapacidad auditiva, o quizá mental, de comprender cualquier idioma que no sea el castellano, me impide aventurarme más allá de los Pirineos, o más allá del río Miño, por temor a hacer el ridículo, o a morirme de hambre a las puertas de los restaurantes. Podría viajar a México, o a Sudamérica, a parlotear con mis primos lejanos de la lengua cervantina, pero son países donde siempre hace calor, y sobrevuelan los mosquitos, y procesionan las vírgenes y los cristos, y sólo tal vez en la Patagonia se sentiría uno como en casa, abrigado por el frío y solitario en la sociedad. 



            He regresado a Antes del amanecer por obligación, porque quería ver las dos películas posteriores que protagonizaron los mismos personajes. Jesse y Celine han crecido en la ficción al mismo tiempo que yo crecía en el mundo real, y antes de recuperarlos en los atardeceres y en los anocheceres, quería recobrarlos en el amanecer de sus primeros besos. Cuando estaban tan cerca y tan lejos de mí. No esperaba aprender nada nuevo de su juventud luminosa y exuberante, tan perdida ya en los recuerdos. Y nada, en realidad, he aprendido. Porque ahora, además, ha sido el cuarentón barrigudo quien se ha enamorado hasta las lorzas de esa joven parisina que no anda sino flota, que no habla sino canta, que no es mujer sino sueño. He vuelto a perderme la parte entera de su discurso, porque su belleza carnal me llevaba por otros derroteros menos elevados, y la parte de Jesse, que en el primer visionado aún tenía un interés y una enjundia, ahora me parece el parloteo pretencioso de un macho alfa que se va comiendo estas hembras ejemplares a bocados. Ya no tengo nada en común con estos personajes del año 95, salvo el deseo sexual del homínido que nunca descansa, y que aún sueña con mujeres veinte años más jóvenes, para cuando sea una gran literato, y cuente por centenas los millones en el banco, y acudan las chicas del cuerpo lozano a intercambiar su juventud por mis billetes.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com