Uno de los nuestros

Me cuesta horrores escribir sobre las películas que más amo. Siento que sobre ellas ya está todo dicho, y que mi aportación, casi siempre con un retraso de años, ya no es tal aportación, sino redundancia y píxel desperdiciado. Qué va a contar uno, por ejemplo, a estas alturas, de Uno de los nuestros, la obra maestra de Martin Scorsese. Ya hay cien libros que la explican, cien documentales que la diseccionan, cien extras en los DVDs que la destripan para nuestro asombro y regocijo. Para qué iba yo a soltar mi rollo de aspiraciones literarias, de crítica filosofante, si llevamos un cuarto de siglo admirando esta película indiscutible. En los círculos de cinéfilos todo el mundo se sabe los diálogos, imita a los actores, desgasta la palabra genio refiriéndose a Scorsese. Todos sabemos ya de su poder, y de su gloria. Pero es que resulta, además, que Uno de los nuestros, en este blog, es una película difícil de encajar. Porque uno, cuando no tiene crítica que aportar, suele aplicarse el cuento de los personajes, y extraer aprendizajes para la propia vida que luego expone aquí como un profesor de mundología. Pero en Uno de los nuestros, de estos simpáticos psicópatas de la costa Este, hay muy poco que sacar. No puedo decir: pues yo esto lo haría así, o reaccionaría de aquella manera, o si la vida me pusiera en tal tesitura… Porque estos gánsters y el público que los contempla no pertenecen a la misma estirpe, al mismo ámbito de la vida. Habría que padecer sus mismos trastornos, sus mismas vidas desquiciadas, y uno, por fortuna, todavía no ha llegado a esos límites de la sinrazón.






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