The thick of it. El ala destroyer del Parlamento Británico

Llevo tres días seguidos alternando episodios de El ala oeste de la Casa Blanca con otros de The thick of it. El resultado de este cóctel es irónico y sorprendente. La serie que pretende ser realista, que es la de Aaron Sorkin, termina por convertirse en ciencia ficción de la política norteamericana, en el sueño quimérico de lo que debería ser un gobierno trabajador y respetable, pues todos los personajes, desde el presidente Barlett al último subalterno de las oficinas, son gentes íntegras, honradas, cuasi-socialistas a la europea, que tratan de convertir Estados Unidos en un país más presentable ante la Historia que lo juzgará. Buscando la verosimilitud, Sorkin encontró la improbabilidad. The thick of it, en cambio, que pretende hacer esperpento del gobierno, trazo grueso de la política, se convierte en el retrato exacto de todo aquello que imaginamos en los políticos que (no) votamos: el desprecio a la chusma, el ego subido, el cinismo por bandera, el mangoneo por costumbre, el privilegio personal por encima de cualquier otra consideración. Uno tiene la impresión de que Armando Ianucci, lo mismo en The thick of it que en Veep, ha dejado dicho a los actores que no interpreten, que no exageren, que sean ellos mismos pero imaginándose en el contexto del poder. Los personajes le han salido tan creíbles, tan diáfanos, que uno, a veces, más que reírse con la comedia, se estremece con el documental. Buscando la hilaridad, Ianucci encontró nuestra sonrisa congelada.


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