Malas calles

No quiero detenerme en una crítica negativa de Malas calles, la película con la que doy inicio a este ciclo dedicado a Martin Scorsese. Respeto demasiado al maestro, y le tengo, también, algo de miedo. Un póster de Uno de los nuestros, con los jetos psicopáticos de Liotta, De Niro y Pesci amenazando desde las alturas con soltarme un buen par de hostias, preside el rincón favorito de esta habitación del anacoreta. Como se enteren de que estoy poniendo a parir a su creador, bajan de ahí y transustancian el papel satinado en carne con espaguetis para partirme la nariz de un puñetazo y pincharme las ruedas de la bici. Le quiero mucho, a Scorsese, y no quiero demorarme en ponerle peros a sus películas menos afortunadas. En Moteros tranquilos, toros salvajes, Peter Biskind, con su labia de escritor, con su pasión de cinéfilo, me había vendido Malas calles como un hito del cine de los setenta, como un hecho fundacional, como una película que exploró caminos y abrió senderos y bla, bla, bla. Malas calles, vista hoy, es una película que sólo se sostiene por nuestra curiosidad, por nuestro interés antropológico. Viene y va sin guión fijo, sin presupuesto suficiente, sin personajes dibujados. Malas calles experimenta, divaga, se pierde por el barrio neoyorquino de Little Italy sin llegar a ser narración de maleantes, ni documental sobre un modo de vida marginal.
            Patricia, que es una chica que acabo de conocer en las páginas de Filmaffinity, resume así, con suma sencillez, sin las líricas estúpidas en las que yo suelo enredarme, el estado de la cuestión:
“Scorsese es un gran director, pero no por ello hay que afirmar de una manera ciega que todas sus películas son obras maestras, Malas Calles no lo es, es el comienzo de la carrera de un director que después se convertiría en uno de los grandes y por eso hay que verla pero sin que falle el sentido crítico”.

Pues eso.


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