Diamantes negros

            Salen estos días, los dirigentes del Barça, muy indignados en los medios de comunicación, hablando de contubernios españolistas y de ataques a la nación catalana, porque la FIFA les ha castigado por incumplir las normas de captación de jóvenes jugadores. La reglamentación impide que los clubes contraten extranjeros menores de 18 años, con algunas excepciones que aquí sería muy engorroso enunciar. El Barça no ve ningún mal en traerse a una joven promesa africana, o asiática, para instalarla en La Masía y ofrecerle la oportunidad de alcanzar las cumbres del fútbol profesional, además de otorgarle una residencia limpísima, y una educación envidiable. La Masía, en efecto, es una institución ejemplar que todos desearíamos tener en nuestros propios ejércitos de futbolistas. De allí han salido las armas de destrucción masiva que nos han estado aterrorizando durante años: los estilistas del toque, los raseadores de la hierba, los regateadores inabordables... En eso, los culés, tienen todo el derecho del mundo a presumir, y a colgarse una medalla. Vivir en La Masía es el sueño de cualquier chaval que se cría en las chimbambas, viendo el gran fútbol europeo por la tele. Luego, con los años, los llamados a jugar en el primer equipo son habas contadas, la excepción más talentosa de los talentos ya excepcionales, pero la mayoría consigue jugar en otros equipos profesionales que también pagan buenos dineros.




            Lo que los dirigentes del Barça no entienden es que las normas existen por alguna razón, y que La Masía, por muy estimable que sea su labor, no puede ser un territorio ajeno a la legalidad, la república independiente del fútbol mundial. A estos hombres trajeados que hablan del complot judeo-hispánico, y de la perfidia internacional de Florentino Pérez, habría que sentarlos en la sala de un cine para ver esta película titulada Diamantes negros, y así comprender el quid de la cuestión. Por las calles de Europa pululan miles – y no es una exageración, miles- de futbolistas africanos, menores de edad, que fueron traídos con la promesa de jugar en los grandes equipos, entre ellos el Barça. Los ojeadores viajan a sus países de origen, de pobreza nauseabunda y futuro de muerte; allí reclutan a los más capaces en el caprichoso avatar del balompié, les sacan un dinero en concepto de gastos de viaje y de manutención, les falsifican la edad en los documentos oficiales, y luego, aterrizados en las ciudades del gran fútbol, les abandonan a su suerte si resultan no ser tan buenos como se pensaba. Si el chaval no la pega del todo torcida, y se hace con los esquemas de juego y las recomendaciones del entrenador, llegará a jugar en equipos de categoría regional que no tienen ni un duro para botas, muy lejos de los estadios con tropecientos mil espectadores y millones de vatios en los focos. Los más afortunados de esta legión africana llegarán a jugar en equipos de segunda división en Estonia, de tercera división en Portugal, ellos que soñaban con ser el nuevo Drogba o el nuevo Etoó. La mayoría, la  triste mayoría, se queda pululando por las calles, sin saber el idioma, sin dinero para regresar a sus países, dedicados al subtrabajo, a la mendicidad, a la delincuencia incluso, los más desesperados. Por cada niño ilegal que es formado en La Masía, hay otros cien que son engañados con la promesa de ser formados en La Masía. Ese es el problema, y no parece muy difícil de entender. Esa es la prohibición que los dirigentes del Barça no respetaron, y que siguen sin entender, y sin asumir, como si la cosa no fuera con ellos. Se hacen los suecos, por supuesto.



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