El color del dinero

A Paul Newman no le concedieron el Oscar por El buscavidas, por Veredicto final, por La leyenda del indomable. Tres interpretaciones que ya son un clásico de nuestra cinefilia global, un punto de acuerdo entre los aficionados del ancho mundo,  se fueron al trastero polvoriento donde Hollywood guarda sus cagadas fosilizadas. Sería la mala suerte, o la incomprensión de su talento, o la improbable superioridad consecutiva de sus rivales. Cuando Paul Newman cumplió sesenta años, algún responsable de los premios debió de ver un ciclo suyo por la televisión, o se lo cruzó en alguna fiesta de alto copete, y recordó, como iluminado por un saber ancestral, que hubo una vez un actor mayúsculo que superó el estigma de su belleza para regalarnos actuaciones prodigiosas y personajes imborrables. En la ceremonia de 1986 le concedieron un Oscar honorífico que sabía a justicia y un poquitín, también, a penitencia.
            Justo un año después, cuando todo el mundo lo imaginaba ya satisfecho del ultraje, y dedicado a sus otras pasiones de los coches de carreras y las salsas para espaguetis, Newman, como espoleado en su orgullo, retomó el taco de billar y el papel de Eddie Felson para merecer, esta vez sí, un premio que en el fondo, lo que son las cosas, le daba lo mismo. Sólo doce meses después de recibir el premio honorífico, le otorgaron uno honorable que tampoco fue a recoger a la gala. No por ingratitud, ni por desprecio, sino porque Newman había comprendido lo irónico del asunto, y prefirió no seguir el guión de esta trama escrita por un borracho:
“”No creo que me lo dieran por esa película [El color del dinero] –declaró-, sino por el conjunto de mi  trabajo, lo cual es divertido, porque he conseguido uno por el conjunto de mi trabajo, antes de que me lo dieran por esa misma razón”.




Yo era por entonces un chaval, y me alegré mucho por Paul Newman, porque él era uno de mis ídolos, de mis referentes en la incipiente cinefilia, y aquella mañana de marzo, cuando me levanté a desayunar para ir al colegio y puse la radio, di un salto de alegría al enterarme de su victoria en la madrugada lejana de Los Ángeles. El siguiente fin de semana fui al cine, y juré sobre mi biblia de apóstata que El color del dinero era una película insuperable, la madre de todos los billares. Ahora veo la película y descubro que a Scorsese, en uno de sus ataques lisérgicos, se le va un poco la mano con las bolas, con las músicas, con las gesticulaciones de los actores, y obliga a Paul Newman a componer un personaje, olvidando que los actores como Newman sólo necesitaban mover la ceja, iluminar los ojos, despegar los labios. Newman fue muchas veces grande, grandísimo, pero aquí sólo es un buen actor que sostiene el entramado de una película irregular que a veces mola, colega, y a veces produce urticaria de la que no se quita ni rascando. Qué tonto parecía Tom Cruise, y cuántas tonterías le dejaban hacer... Qué poco apetecible fue siempre Mary Elizabeth Mastrantonio, con esa cara de vieja y ese aspecto oliváceo tan poco sexy y californiano. Qué bello es, en cambio, el noble arte del billar, aunque Scorsese lo filmara como un asunto espídico, acelerado, confundiendo la velocidad con el tocino, la destreza con los hostiazos. Tres años más tarde filmaría Uno de los nuestros y todos sus pecados fueron perdonados y olvidados, como si nunca hubiesen existido. Amén.


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