El anacoreta

El mismo amigo de la memoria indecente que me recomendó La noche se mueve -porque en ella se atisbaba el cuerpo juvenil de Melanie Griffith- me ha soplado, esta mañana, refrescados sus recuerdos con la cerveza fría del aperitivo, una joya olvidada del cine del destape. Según él, en El anacoreta, una actriz de nombre olvidado enseñaba el tetamen casi de continuo, bellísimo y añorado. Una impronta visual que ha permanecido cuarenta años en el imaginario de su generación. Ahora que las tetas son el pan nuestro de cada día, es difícil apreciar el impacto lúbrico que aquel frutamen tuvo en quienes nos precedieron en butacas y sofás. Un dúo dinámico de pezones bien simétricos debieron de valer, en su tiempo, como los retozos pornográficos que se dedicaban las dos amantes en La vida de Adèle



            Andaba mi amigo, sin embargo, algo confundido en sus recuerdos. Martine Audó, que así se llama la bellísima protagonista de El anacoreta, luce, en efecto, en el momento culminante de su pasión, un par de lactancias que aquí, en este blog, en la sección cancelada que un día denominé El quimérico concurso de tetas, hubiesen merecido un diploma cum laude, y el cálido aplauso de los jueces impresionados. Cosas así, en los últimos tiempos, uno sólo las ha visto en True Detective, cuando Alexandra Daddario se despojaba de la vestimenta superior y le regalaba al mundo la esférica perfección de sus senos mayúsculos. El testimonio carnal de que a veces, en la Tierra, se producen efectos de vacío donde la gravedad deja de regir, y donde un par de tetas como transatlánticos no sólo flotan, sino que se yerguen, y se empinan, y desafían las leyes fundamentales de la naturaleza. 




            Pero es una, querido amigo, una sola, la aparición desnuda de Martine Audó. El resto son escorzos, atisbos, tortícolis de mi cuello que los buscan desesperadamente sin recobrarlos. Mi amigo, en la distancia del recuerdo, había tomado la parte por el todo, la visión mágica por la película entera. Porque El anacoreta, lejos del simplismo de un destape, es una película de enjundioso planteamiento. Una genialidad de Rafael Azcona que las tetas de Martine Audó no consiguen eclipsar. Fernando Fernán Gómez es el anacoreta urbano que un buen día decidió no volver a salir de su cuarto de baño, decepcionado del mundo. Allí instalará su biblioteca, su máquina de escribir, su mesilla con mantel para jugar a la baraja con las visitas. Allí le servirán las comidas, le cortarán el pelo, le traerán las noticias del mundo. En los ratos muertos escribirá sus filosofías en medios folios que luego enrollará y lanzárá por el retrete, para que lleguen al mar, y sean leídas por bellas mujeres. 
       Veo El anacoreta y siento una extraña afinidad con el personaje de Fernando Fernán Gómez. Yo, como él, apenas salgo de esta habitación, y cuando lo hago, cuento los minutos o las horas que faltan para regresar a ella. Me basta con el sofá, con la tele, con el ordenador… Aquí vivo, sueño, duermo, escribo. Aquí malgasto la vida. No uso el retrete para mandar mensajes, pero sí este blog, donde yo expongo la mercancía a los lectores y sólo vienen a mear los cuatro gatos ociosos del barrio. Yo también soy, a mi modo, un anacoreta del siglo XXI, uno que no escribe filosofías particulares, sino refritos mentales de las películas que voy viendo. Me quedaría boquiabierto, y muy agradecido, si una Martine Audó de tetas imponentes viniera a rescatarme de este exilio…


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