Ray Donovan. La decadencia

Ray Donovan se va precipitando, capítulo a capítulo, hacia la aburrida telaraña del culebrón venezolano. En los primeros capítulos te ponen el anzuelo de los macarras, de los hostiazos, de la cara oculta del famoseo en Hollywood. Los personajes de Ray Donovan son tipos varoniles y malhablados que tratan de recrear el universo de Los Soprano, con más elegancia en los trajes, y menos crímenes enterrados en las cunetas. El asunto promete, y te deja intrigado. Uno, además, se toma como un reto personal saber qué tiene Liev Schreiber que no tenga yo, y que enamora todas las mañanas a esa diosa de los australes llamada Naomi Watts. 
         Pero pasan los episodios y el tedio empieza a teñir de gris lo que prometía ser negro de maleante y rojo de sangre. El culebrón se infiltra en los argumentos como eso, como una culebra, siseando en las alcobas y los cuartos de baño, en las habitaciones de los adolescentes y los dormitorios de los subalternos. De Ray Donovan nos interesaba Ray Donovan, propiamente dicho, y su actividad delictiva tan molona como  eficiente. El resto, con perdón, nos la soplaba. Pero el resto se va comiendo poco a poco los minutos, como polillas hambrientas en un guardarropa de lujo, y uno, al final encara, los últimos episodios llevado por el sentido del deber, pero ya no por la ilusión. Me importa un bledo que la hija salga con el vecino rapero, que el hijo tenga arranques coléricos en el colegio, que la esposa sienta punzadas en los escrúpulos, que el socio delictivo pierda la chota con el alzheimer, que al padre le gusten los culos de las negras, que al hermano tonto le chupara la polla un cura, que el hermano menos tonto se quede paralítico del boxeo, que una hermana drogata saltara de un décimo piso colocada hasta las cejas…  ¿Esto era, Ray Donovan? ¿Un culebrón sudamericano producido e interpretado por los gringos? Bah.


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