Ocho apellidos vascos II

Un día después de haber visto Ocho apellidos vascos, me ha venido a la memoria un viaje que hice a San Sebastián en la flor de mi juventud recién casada, a conocer, a comer, a localizar el solar donde se levantaba el viejo campo de Atocha, que tantos disgustos me dio cuando yo lo veía desde mi tele de Invernalia, engullendo a mis príncipes blancos en el barro, en la lluvia, en las fauces coléricas de la parroquia txuriurdin. Recuerdo que mientras hacía la maleta, mi madre me advertía por detrás, hecha un manojo de nervios: “Hijo mío, a San Sebastián, no teníais otro sitio, con la que está cayendo por allí, que os van a poner una bomba en cualquier sitio, ay Jesús…” Y tal y tal. Mi madre, como los amigos sevillanos de Dani Rovira en la película, se imaginaba un campo de batalla como de la I Guerra Mundial, con los españoles a un lado, los encapuchados al otro, y los restaurantes y los hoteles justo en el medio de las trincheras, en tierra de nadie, a merced de los obuses o de los tiroteos. Paparruchas, respondí. Allí todo es normal, como aquí, salvo alguna cosa…




Al segundo día, sentados en la Plaza Mayor de San Sebastián, unos encapuchados de la Kale Borroka entraron a toda hostia por una esquina, lanzaron unos cócteles molotov contra la terraza vacía de un bareto y se esfumaron, a toda hostia también, por la esquina contraria. Un visto y no visto. Cinco segundos de asombro, como de estar viendo un telediario en la tele, o una película hiperrealista de director vasco, seguidos de otros cinco segundos de acojono y contrición: “ A ver si mamá tenía razón…” Fue el único incidente en siete días de vacaciones. Diez segundos que no empañaron la percepción de una tierra hermosa y casi siempre pacífica. Casi… El personaje de Rovira, en cambio, ya en tiempos de paz, y enamorado de una nativa hasta las cachas, se lleva una buena somanta de hostias entre unas cosas y otras. Paradojas del tiempo, y del destino.




            En el libro Moteros tranquilos, toros salvajes, Peter Biskind cuenta esta ilustrativa anécdota sobre cómo se edifican a veces los grandes amores:

            “ En aquellos días, [Warren] Beatty salía con Maia Plisiétskaia, la bailarina rusa. Maia, mayor que él, e increíblemente hermosa, tenía un cuerpo espléndido, no usaba maquillaje ni joyas y vestía con sencillez, por lo general blusas y pantalones deportivos. Se cuenta que Stella Adler, ex profesora de interpretación de Beatty, dijo una vez: «Estaban locamente enamorados, pero, por supuesto, ninguno entendía una sola palabra de lo que decía el otro.»”


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