Moteros tranquilos, toros salvajes

En Moteros tranquilos, toros salvajes, que es la gran crónica del cine de los años 70, leo estas curiosas reflexiones de Robert Towne, afamado guionista de la época:
“Cuando era niño -cuenta Towne- me llamaban la atención cuatro cosas de las películas: que los personajes siempre encontraban un lugar donde aparcar a cualquier hora del día y de la noche; que nunca les daban el cambio en los restaurantes; que maridos y mujeres nunca dormían en la misma cama, y que la mujer se iba sin quitarse el maquillaje y se despertaba con el maquillaje intacto…”
            Al igual que Robert Towne, uno también guarda, desde su más tierna cinefilia, cuatro asuntos inexplicados de las películas americanas: que los personajes nunca terminan su plato de comida, y muchas veces ni siquiera llegan a probarlo; que la compra del supermercado siempre la transportan en incomodísimas bolsas de papel sin asas; que los extraños, sobre todo fuera de las grandes ciudades, entran y salen por los hogares ajenos como Pedro por su casa, levantando ventanas sin seguro, abriendo puertas sin pestillos; que los agentes del FBI y los sheriffs del condado, después de cincuenta años de colaboración profesional, todavía no han encontrado un protocolo válido de actuación en caso de asunto criminal.



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