Descubriendo a Bergman

En el documental sueco Descubriendo a Bergman, la cámara inquisitiva nos enseña la filmoteca privada de don Ingmar, allá en su mansión de la isla de Farö, ahora que él ha muerto y que sus albaceas han roto el misterio que rodeaba el santuario. Varios cineastas del ancho mundo, que son invitados a curiosear entre sus pertenencias, se pasean por allí como si hollaran suelo sagrado, y las habitaciones fueran altares, y los libros y películas vestiduras de santos, o reliquias de Jerusalén. Inárritu, Haneke o John Landis se comportan como peregrinos en busca de las fuentes primordiales, del evangelio escrito en sueco que predicó la religión verdadera. Se muestran humildes y respetuosos, pecadores arrepentidos de hacer un cine de peor calidad (de los demás no opino, pero Haneke se humilla sin necesidad). Landis es el primero que se aventura a pasar el dedo por el lomo de los VHS de la biblioteca, y queda sorprendido -y los espectadores con él- de las películas bizaras que el maestro guardaba en las estanterías junto a las obras maestras de rigor. Bien legibles, sin esconderse tras trofeos o fotografías estratégicamente colocados, se vislumbran engendros de terror de la Hammer, Los Cazafantasmas, películas inimaginables para un auteur del cine serio como Jungla de Cristal o Emmanuelle. Landis -y nosotros con él al mismo tiempo- sonríe como diciendo: “el que esté libre de pecado, que tire la primera carátula”.



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