Un idiota de viaje

Un idiota de viaje, la telecomedia que producen Ricky Gervais y Stephen Merchant, parte de una idea que se le podía haber ocurrido a cualquiera. Pero fíjate tú, se les ocurrió a ellos, que miran el mundo de una manera muy cínica y particular. Documentales en los que el viajero habla con gusto de lo que descubre y observa son todos en nuestra parrilla. ¿Pero qué pasaría, pensaron Gervais y Merchant, si enviáramos por el mundo al hombre más deslenguado de las Islas Británicas? ¿A un tipo que habla sin filtro, sin tapujos, siempre quejumbroso y poco dado a la experimentación? ¿Qué documentales bizarros nos saldrían si el protagonista fuera echando pestes de las comidas, de los hoteles, de los comportamientos incomprensibles de los autóctonos? ¿Qué cosa extraña y fascinante produciríamos si nuestro protagonista, Karl Pilkington, amiguete y colaborador, tan británico como tozudo, enemigo de los viajes y las maletas, filósofo rotundo de lo cotidiano y lo evidente, fuera enviado a los rincones más exóticos del planeta para intentar culturizarse y hacerse ciudadano universal?  




          Karl Pilkington, que se presta al maléfico experimento con todas las consecuencias, no va a decir que tal monumento o tal paisaje le ha conmovido si en realidad le ha dejado como estaba. No va a hacer un halado de la gastronomía si no le gusta, de la cultura si no la entiende, de la belleza de las mujeres si no la comparte. Va a decir exactamente lo que piensa, y que las Maravillas del Mundo y sus orgullosos guardianes aguanten su vela. Y el espectador, mientras tanto, a partirse el culo en el sofá, que es lo que hago estos días cuando termina un partido del mundial y aún falta una hora para que empiece el siguiente.


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