Looper

Looper es una película de ciencia-ficción sobre hombres que son enviados al pasado para que su yo más joven los asesine a cambio de un pastizal que ríete tú del que guarda Bárcenas en Suiza. Un galimatías de líneas temporales y paradojas existenciales que un espectador atento puede seguir sin problemas, pero al que es mejor no investigar en profundidad. Hay que estrangular las preguntas nada más nacer para que Looper, que es una película entretenida en la que además sale Emily Blunt partiendo corazones por la mitad, se deslice limpiamente hacia su trágico e inevitable final. El mismo personaje de Bruce Willis, en su primer encuentro con su yo más joven del presente, le ordena, tajantemente, que no haga preguntas:
- No quiero hablar de putos viajes en el tiempo. Porque si nos liamos a hacerlo estaremos todo el día haciendo diagramas y te juro que es un coñazo. Así que olvídalo.




            El eje de Looper son los viajes en el tiempo, pero a mí lo que me fascina son los poderes telequinésicos de algunos de sus personajes. En el futuro, una minoría de seres humanos desarrollará una mutación que los capacitará para mover objetos con la mente, y eso los volverá tremendamente poderosos para dirigir los cotarros, y también terriblemente atractivos para atraer al sexo contrario, especialmente a las mujeres, siempre tan receptivas al macho que hace alardes y farda de capacidades. La telequinesia es el superpoder que yo me compraría de venderse en las tiendas, el que yo me implantaría de poder acceder a la terapia genética en el Centro de Salud. Chronicle, que trata estos asuntos con verosimilitud escalofriante, es una de las películas más fascinantes de la década. Otros amigos míos, en las tertulias absurdas, se decantan por la visión de rayos X, para ver a las tías desnudas, o se muestran entusiasmados con el don de la invisibilidad, que también usarían para colarse en los vestuarios y en los cuartos de baño de las féminas. Mis amigos, como se ve, son todavía más simples que yo. Me molan, estas opciones, pero puestos a escoger, como cantaba Serrat, prefiero mover objetos con la mente y hacer pequeñas jugarretas a los que me caen mal; tremendas putadas a las personas que odio desde las vísceras. Sería el puto amo del barrio, un mafioso de gafas de pasta y gesto tranquilón que esconde un demonio dentro de la cabeza. Una rueda que, ops, se pincha; un tiesto que, ay, aplasta un pie; una puerta que, caramba, golpea en las narices. Dentro de cinco años, mi hijo sería campeón de Europa con el Real Madrid si yo pudiera dirigirle el balón desde la grada, dibujando pases perfectos y golazos imposibles. Nos forraríamos, él y yo, y seríamos felices cada uno en nuestro paraíso, él en las playas de Miami rodeado de cubanas, yo en los lagos de Finlandia, refugiado en la cabaña junto a una mujer tan hermosa como Emily Blunt, de ojos azules como el agua y piel blanca indistinguible de la nieve. 


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