Las consecuencias del amor

Aunque el director se ponga misterioso en el tramo final, una película llamada Las consecuencias del amor sólo puede ser un drama de oscuro y terrible desenlace. Es una cosa que Paolo Sorrentino, al que le sigo debiendo esa obra hipnótica que es La gran belleza, debería tener en cuenta para próximas elecciones de títulos. El espectador avezado ya sabe que esa conjunción de palabras sólo puede desembocar en un destino trágico, y ninguna intriga de margaritas deshojadas será capaz de hacerle dudar. Cuando una belleza como Olivia Magnani, tan parecida a nuestra querida Sara Carbonero de las Españas, se cruza en la vida de un hombre que no la merece, pero que se enamora de ella sin poder remediarlo, la tragedia está servida y lista para el remate. Porque una mujer así, a los no preparados, a los ya mayores, a los que vamos por el mundo arrastrando la maleta, nos sacará de nuestra órbita sólo para dar cuatro vueltas de mareo y terminar abrasados en caída libre hacia el sol. Las mujeres hermosas, como esta nietísima de Anna Magnani de los ojazos como mares, son pertenencia exclusiva de otra clase de hombres. El bancario Titta de Girolamo, en Las consecuencias del amor, intuye que la vida se le va escurrir entre los dedos, pero no puede, como tampoco podríamos nosotros, desenamorarse a capricho. El amor por las bellezas inalcanzables es un magnetismo estúpido que tú no quieres poner en marcha, pero que se enciende a capricho, y te deja pegado a su presencia, prisionero, desesperado, enamorado. Es la maldición del instinto. El agujero negro que nos atrae y nos destruye. Dijo una vez Rafael Azcona que los años le habían traído muchos inconvenientes, pero también una gran ventaja: la dimisión de los escarceos sexuales. Ahorraba tiempo, vivía más tranquilo y trabajaba más concentrado en sus cosas. Titta de Girolamo, por desgracia, aún no había llegado a ese paraíso de plenitud desexualizada. Le faltaron un puñado de años, o le sobraron un montón de romanticismos. Y a mí, por desgracia, por lo que siento palpitar ahí abajo, todavía me queda un buen trecho de años, y un buen fardo de ilusiones tontas.



            Dice el personaje de Titta al comienzo de la película:
“Lo peor que puede ocurrirle a un hombre que pasa mucho tiempo solo es no tener imaginación. La vida, ya de por sí aburrida y repetitiva, se convierte, al faltar la fantasía, en un espectáculo mortal”.

¿Y qué son las películas, y las series, sino fantasía inyectable que se compra en las tiendas, o se consigue por internet? Sustitutos de la vida, para los espectadores sin imaginación.


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