Guerra Mundial Z

            Los nazis, hay que reconocerlo, lucían una estética imperial que sale muy bien en las películas. A lo largo de la historia ha habido muchos asesinos que cometieron grandes genocidios: los mogoles de Gengis Khan; los cruzados en Tierra Santa; los norteamericanos sobre Hiroshima; los estalinistas en las anchas estapas de Rusia... Pero los nazis, fascinantes en su perversión, se han convertido en el icono indiscutible del mal. Su porte, su rubio, su gesto soberbio… Sus desfiles, sus gabardinas, su bandera roja con la esvástica… Su propio idioma, enrevesado y consonántico, que resuena en los oídos como algo gélido y amenazante. Nadie se tomaba  en serio a un dictador como Mussolini porque hablaba italiano, o uno llamado Franco porque discurseaba con esa voz de faltarle un testículo y parte del otro. Los mogoles llevaban coleta, los cruzados olían mal y los soviéticos llevaban rabos y cuernos bajo los ropajes… Y los americanos, por supuesto, hacían las películas poniéndose a sí mismos como buenos.  Nadie llama “cruzado” o “mogol” al hijoputa que nos amenaza con el dedo o con la porra, pero el insulto “nazi” nos sale con una facilidad que ya es costumbre cultural y arraigada. La palabra “nazi”, dentro de mil años, cuando la II Guerra Mundial sea un hecho tan lejano como ahora lo es la Batalla de Guadalete, formará parte de los diccionarios como sinónimo de maldad y de gran desgracia.



            Algo parecido sucede con los zombis cuando hablamos de recrear las desgracias futuras de la humanidad. Cuando todos muramos contagiados de un virus o de una bacteria, y dejemos nuestro trono a las ratas y cucarachas, las probabilidades de que nos convirtamos en unos zombis como estos de Guerra Mundial Z son mínimas. Pero existe un consenso extraño, alimentado por la cinematografía más reciente, de que así llegará nuestro final: con las calles invadidas de espantapájaros con el cerebro apagado y la carne palpitante como único alimento. Los zombis son los nazis mal afeitados y andrajosos del futuro. La panda asesina que cometerá el último y gran genocidio del planeta. Los zombis tienen esa fotogenia cadavérica que los hace carismáticos y temibles: los andares, los gruñidos, los ojos de lunáticos... Yo creo que todo esto viene del vídeo de Thriller, que hace treinta años nos dejó a todos turulatos y casi con ganas de estar muertos para poder bailar así, y no, como aseguran los entendidos, de La noche de los muertos vivientes, que es una película cutre y simpática rodada en blanco y negro. Aquellos movimientos espasmódicos de Michael Jackson y sus bailarines se nos han quedado grabados como un meme cultural. Es difícil imaginar un futuro apocalíptico en el que los muertos no se levanten de las tumbas para danzar y luego comernos. Lo más lógico es pensar que la Madre Naturaleza, cuando por fin decida exterminarnos, lo haga soltando un virus tan terrible como el Ébola, que nos haga desangrarnos y descacarnos hasta quedarnos vacíos por dentro y bien muertitos por fuera, en apenas unas horas de terrible agonía. Pero tal apocalipsis, en el cine, no quedaría bien. La tensión dramática hace obligatoria la presencia de un villano móvil que se oponga a nuestro héroe,  un antagonista que camine, que ataque, que muerda. Un virus letal es poco atacable y mal explosionable. Una película sobre el Ébola sería tan aburrida –o tan fascinante- como un documental sobre el Ébola, con sus antibióticos, sus hospitales, sus medidas profilácticas.




Yo, por mi parte, siempre he pensado que el Armagedón llegará el día en que el número de estúpidos alcance una masa crítica y definitiva. Dentro de unas décadas, a lo sumo de unos siglos, las personas inteligentes ya no encontrarán a nadie normal con quien aparearse, y se extinguirán lentamente en sus habitaciones aisladas del mundo. Los estúpidos sembrarán el mundo de tal cantidad de estupideces  que el mundo terminará con mil fuegos y explosiones, con mil matanzas y suicidios. Será un fin del mundo muy tonto, muy estúpido, nada comercial ni apocalíptico. Los jolivudienses se confunden de género cuando abordan estas tramas del Gran Final. El ocaso de la humanidad no será una película de terror, sino una gran comedia para descacharrarse de la risa. Diez mil millones de tontos muy tontos


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